lunes, 2 de noviembre de 2009

Borrasca





Fatigado por el peso de los siglos, el abrigo del otoño vistió el parque con luces más grises y vientos laterales que pusieron a prueba la resistencia de los paraguas. El paseo recuperó su vertiente más íntima y la escritura alargó un poco las frases. En el borde de la mesa había migajas de vanidad que se reconfortaban a sí mismas como princesas de cuento delante de un espejo. Afuera, la mañana saludó a las calles más antiguas ofreciendo a los inquietos de espíritu un catálogo de caminos que parecían conducir a alguna parte. Y de las alcantarillas llegó un ruido de monedas de oro que de pronto dejaron de pasar desapercibidas.

Era el momento de que los protagonistas abandonasen la modorra estival y se pusieran en marcha hacia algún objetivo no exento de dificultades. Winger descolgó el teléfono, marcó un número aprendido de memoria y esperó. La señal indicaba el ritmo de los impulsos, un ritmo lento, persistente, opaco.

¿Mike? Soy Winger. ¿Puedes hablar? ¿Qué vas a hacer esta noche? ¡Ah, ja, ja, ja…! ¡Ja, ja… ¡Muy bueno, Mike, muy bueno! Yo también conozco otro chiste. Reserva mesa para seis en el restaurante. El capitán Marlow y sus chicos te harán una visita oficial esta noche. Tiene gracia, ¿verdad? Las calles están llenas de monedas que huelen mal. Es tu olor, Mike. Será mejor que cojas el cepillo de dientes y desaparezcas. Se acabaron las vacaciones, Mike. Lo sé. Sí. Dentro de dos o tres horas. De acuerdo. Adiós, Mike.

Diversos motivos para conocer mundo, no todos nobles ni altruistas. Carreteras mojadas. Curvas que pasan sin que se noten los cuchillos. Valles abriéndose delante de una leve pendiente. El haz y el envés de las cosas. Un narrador experto que ha perdido el hilo de la historia. Mudo testigo de luces y sombras, al fondo el parque, con el ceño fruncido.

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