De las aguas no se volverá a escribir más. Detrás de un libro de palabras transparentes late una sensación de vértigo que desconcierta a los lectores. Es más razonable, por tanto, regresar a los perfiles de personajes breves que aparecen en escena en un momento clave de sus vidas sin que ellos mismos se den cuenta de las fuerzas que se despliegan a su alrededor. Volver a las calles, a las transitadas horas del día, a señalar en medio de los ruidos el descubrimiento de un libro elzevirio que aportará a la lectura innumerables goces paralelos. Si quieres saber con exactitud en qué momento el pueblo de Lamarque emprendió el camino de la soledad contempla las ruinas con una mirada más atenta y compasiva. Recuerda que las estaciones se suceden sin interrupción, como el vuelo de un pájaro que no es alcanzado por los disparos. Dicho de otro modo: no siempre resulta fácil la transición. Explicarlo es una tarea que obliga a retroceder en la memoria de de los árboles y volver a registrarlo todo, incluso las cosas que apenas tienen importancia, como una disputa por el sendero de la calita o los amores que al final dieron un paso atrás con todo su fuego intacto.
Quedarán para más tarde las conclusiones. Como si, en realidad, el esfuerzo literario apuntara en otras direcciones más sutiles. Placeres, por ejemplo. Detrás de cada página habrá una incógnita vagamente familiar cuya resolución se demorará un día, tal vez dos. Vencido el plazo, la casa azul volverá a su sitio en lo alto de la colina, y en el horno se cocerán de nuevo grandes hogazas de pan de maíz. Los hijos tendrán un nombre y un cometido en la vida. Y la abuela interpretará en silencio las risas y los gestos de sus nietos desde los lentos y apacibles crujidos de su mecedora de mimbre. No escribas más sobre el agua, hijo. Las palabras acabarán por disolverse y entonces correrás el riesgo de perder tu propia identidad. Mira a tu alrededor. Con eso es suficiente.

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