Ahora que es de noche, sal al calor de la terraza y considera bajo las estrellas la oportunidad de escribir una larga novela sobre la dulzura como único tema. Tal vez te parezca una buena idea comparar el texto con una copa de champán, elegante, voluptuosa, inteligente. La voz del narrador se deslizará por las cuestas tomando el lado superfluo de las cosas, como si aquélla hubiese de ser la última noche y el mundo poco más que un conjunto de ocurrencias. La luna despertará sentimientos suaves, impresiones frágiles, aromas capaces de persuadir incluso al hombre de la cicatriz que canta en las escaleras ebrio de cerveza tibia sin apenas fuerza.
Formularás esta pregunta: ¿dónde se encuentra ahora la belleza? Pero no te quedarás ahí, aguardando la respuesta, porque llegado ese punto la noche no será más que una sucesión de imágenes vibrantes que estallan en la superficie del éxtasis como burbujas de cava francés en las orillas del cristal.
En el puerto, los barcos guardan en silencio su memoria amarrados a los muelles. No es difícil evocar su esplendor. Te he entregado una noche propicia para estas cosas. Fíjate: la ciudad invita a cualquiera a robar diamantes sin demasiados riesgos. El nombre de Madame Lecouvrier no te dice nada. Es una lástima. Sus poemas se hubieran ceñido a estas pequeñas turbulencias como un guante de seda a una mano abierta:
“… han señalado los límites de mi vida las cucharillas de café…” [1]
Sé que por tu interior se mueven secretas aspiraciones de grandeza. Permite que se transformen en algo menos grave que te exonere de las deudas. Toma una copa y bebe. Tal vez no sea aquél el tema que imaginabas, pero es igual. Ya se te ocurrirá algo.




