lunes, 2 de noviembre de 2009

Sal al calor de la terraza





Ahora que es de noche, sal al calor de la terraza y considera bajo las estrellas la oportunidad de escribir una larga novela sobre la dulzura como único tema. Tal vez te parezca una buena idea comparar el texto con una copa de champán, elegante, voluptuosa, inteligente. La voz del narrador se deslizará por las cuestas tomando el lado superfluo de las cosas, como si aquélla hubiese de ser la última noche y el mundo poco más que un conjunto de ocurrencias. La luna despertará sentimientos suaves, impresiones frágiles, aromas capaces de persuadir incluso al hombre de la cicatriz que canta en las escaleras ebrio de cerveza tibia sin apenas fuerza.

Formularás esta pregunta: ¿dónde se encuentra ahora la belleza? Pero no te quedarás ahí, aguardando la respuesta, porque llegado ese punto la noche no será más que una sucesión de imágenes vibrantes que estallan en la superficie del éxtasis como burbujas de cava francés en las orillas del cristal.

En el puerto, los barcos guardan en silencio su memoria amarrados a los muelles. No es difícil evocar su esplendor. Te he entregado una noche propicia para estas cosas. Fíjate: la ciudad invita a cualquiera a robar diamantes sin demasiados riesgos. El nombre de Madame Lecouvrier no te dice nada. Es una lástima. Sus poemas se hubieran ceñido a estas pequeñas turbulencias como un guante de seda a una mano abierta:

“… han señalado los límites de mi vida las cucharillas de café…” [1]

Sé que por tu interior se mueven secretas aspiraciones de grandeza. Permite que se transformen en algo menos grave que te exonere de las deudas. Toma una copa y bebe. Tal vez no sea aquél el tema que imaginabas, pero es igual. Ya se te ocurrirá algo.


[1] T. S. Eliot

Borrasca





Fatigado por el peso de los siglos, el abrigo del otoño vistió el parque con luces más grises y vientos laterales que pusieron a prueba la resistencia de los paraguas. El paseo recuperó su vertiente más íntima y la escritura alargó un poco las frases. En el borde de la mesa había migajas de vanidad que se reconfortaban a sí mismas como princesas de cuento delante de un espejo. Afuera, la mañana saludó a las calles más antiguas ofreciendo a los inquietos de espíritu un catálogo de caminos que parecían conducir a alguna parte. Y de las alcantarillas llegó un ruido de monedas de oro que de pronto dejaron de pasar desapercibidas.

Era el momento de que los protagonistas abandonasen la modorra estival y se pusieran en marcha hacia algún objetivo no exento de dificultades. Winger descolgó el teléfono, marcó un número aprendido de memoria y esperó. La señal indicaba el ritmo de los impulsos, un ritmo lento, persistente, opaco.

¿Mike? Soy Winger. ¿Puedes hablar? ¿Qué vas a hacer esta noche? ¡Ah, ja, ja, ja…! ¡Ja, ja… ¡Muy bueno, Mike, muy bueno! Yo también conozco otro chiste. Reserva mesa para seis en el restaurante. El capitán Marlow y sus chicos te harán una visita oficial esta noche. Tiene gracia, ¿verdad? Las calles están llenas de monedas que huelen mal. Es tu olor, Mike. Será mejor que cojas el cepillo de dientes y desaparezcas. Se acabaron las vacaciones, Mike. Lo sé. Sí. Dentro de dos o tres horas. De acuerdo. Adiós, Mike.

Diversos motivos para conocer mundo, no todos nobles ni altruistas. Carreteras mojadas. Curvas que pasan sin que se noten los cuchillos. Valles abriéndose delante de una leve pendiente. El haz y el envés de las cosas. Un narrador experto que ha perdido el hilo de la historia. Mudo testigo de luces y sombras, al fondo el parque, con el ceño fruncido.

viernes, 30 de octubre de 2009

La confusa memoria del agua





De las aguas no se volverá a escribir más. Detrás de un libro de palabras transparentes late una sensación de vértigo que desconcierta a los lectores. Es más razonable, por tanto, regresar a los perfiles de personajes breves que aparecen en escena en un momento clave de sus vidas sin que ellos mismos se den cuenta de las fuerzas que se despliegan a su alrededor. Volver a las calles, a las transitadas horas del día, a señalar en medio de los ruidos el descubrimiento de un libro elzevirio que aportará a la lectura innumerables goces paralelos. Si quieres saber con exactitud en qué momento el pueblo de Lamarque emprendió el camino de la soledad contempla las ruinas con una mirada más atenta y compasiva. Recuerda que las estaciones se suceden sin interrupción, como el vuelo de un pájaro que no es alcanzado por los disparos. Dicho de otro modo:  no siempre resulta fácil la transición. Explicarlo es una tarea que obliga a retroceder en la memoria de de los árboles y volver a registrarlo todo, incluso las cosas que apenas tienen importancia, como una disputa por el sendero de la calita o  los amores que al final dieron un paso atrás con todo su fuego intacto.

Quedarán para más tarde las conclusiones. Como si, en realidad, el esfuerzo literario apuntara en otras direcciones más sutiles. Placeres, por ejemplo. Detrás de cada página habrá una incógnita vagamente familiar cuya resolución se demorará un día, tal vez dos. Vencido el plazo, la casa azul volverá a su sitio en lo alto de la colina, y en el horno se cocerán de nuevo grandes hogazas de pan de maíz. Los hijos tendrán un nombre y un cometido en la vida. Y la abuela interpretará en silencio las risas y los gestos de sus nietos desde los lentos y apacibles crujidos de su mecedora de mimbre. No escribas más sobre el agua, hijo. Las palabras acabarán por disolverse y entonces correrás el riesgo de perder tu propia identidad. Mira a tu alrededor. Con eso es suficiente.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Distorsiones de perfil





¿Y si cada mañana la música fuera la misma y el único interés estuviese en las distintas distancias que nos separan de ella? Entonces la forma del ensayo sería otra, más parecida a una espiral cada vez más solidaria o a una ciudad incesante con todas sus puertas abiertas. La otra pregunta tiene que ver con los coches. ¿Ejerce alguna influencia la intención de sus diseños cada vez más afilados? ¿Existe un lenguaje subliminal que asigna un determinado valor a los neumáticos, a la potencia, al efímero secuestro de los destellos? Ahora la respuesta tiene forma de sopa de fideos, de un conjunto de voces ligeramente discrepantes que se escuchan como se escucha un canto coral: captando la complejidad del conjunto, una única dirección, como la de un viento que sopla arrastrando un número infinito de ráfagas sin perder por ello la esencia última de su mensaje.
Cuando cesa el ruido de los taladros el cuaderno se llena de luz y las preguntas se vuelven más claras. ¿Has tomado café? ¿Ha salido del horno el pan? ¿Cómo se llama este perro tan bonito? No hay duda: éste es el mejor modo de empezar el día. La mañana crece llena de buenas sensaciones. Se acabó por fin aquella ciudad excesiva de laberintos barrocos. El olor del mar no retrocede, sino que acompaña la algarabía de las gaviotas. Los barcos llegan al puerto y los marineros saludan con la mano antes de doblar el espigón. Hay una taza de café que se acaba de posar sobre la madera antigua de la barra de la cantina. Su aroma tropical es sincero como un buen amigo. Puedes escribir cualquier cosa sin preocuparte del final. Ya has vencido el miedo a saltar al vacío. Entonces, la mañana ofrece generosamente sus frutos. Las horas fluyen como parte del universo. En una ocasión semejante nació el placer de cantar, como una vibración que responde a la armonía de los planetas de una forma espontánea.
En la lonja, las sardinas se pagaron a seis y siete euros el kilo. Se compraron con gusto, pensando ya en la felicidad del mediodía. Delante, aguardaba siempre algo mejor.

lunes, 26 de octubre de 2009

Balada para Clementine




Hoy llegaste un poco tarde a comer, Clementine. Apenas quedaba espagueti. En el eje del edificio, el ascensor comenzaba a moverse para llevar de regreso a los empleados de las oficinas y a los estudiantes. Te preparaste una ensalada a contracorriente y la tomaste de pie, junto a la ventana, desde la que se veía la primera lluvia de otoño poniendo reflejos sobre el asfalto. Detrás de aquella luz incierta aguardaba el resto de la tarde sin saber muy bien a qué atenerse. Planchaste una camisa beige y te envolviste en un perfume oscuro muy replegado en sí mismo. Déjame decir que tu trabajo principal consistía en cortar rodajas de merluza de tres centímetros de espesor, aunque a estas horas eso quedaba lejos, al otro lado de las horas, en la cara oculta de las farolas.
Saliste como una reina magnífica que da un paseo de incógnito dentro del ámbito de sus dominios. Cuando llegaste al parque, un hombre con sombrero gris pareció reconocerte y se dirigió a ti. Os saludasteis. El te dijo unas palabras al oído. Tú le respondiste con discreción. Entonces te tomó del brazo y empezasteis a caminar despacio siguiendo vuestros propios pasos. Así llegasteis a aquella pensión triste que se llamaba El Loro Azul y alquilaba habitaciones por horas. Por horas, Clementine… pero dime, por favor, ¿qué era  entonces el tiempo para ti? Un abismo sin medida exacta, un remolino de fantasmas, un recipiente torpe para los amores y las desdichas.
La llave de la habitación 206 desapareció del casillero y, acto seguido, los dos subisteis por una escalera cuya moqueta daba muestras de fatiga. Vuestras sombras desaparecieron poco a poco bajo la luz mortecina  del corredor. El te dijo que se llamaba Karl. Tú le pediste que te llamara Vicky, aunque tu verdadero nombre era Clementine. Encaramados a vuestros nombres ficticios disteis varias veces la vuelta al mundo. Ajenos a vuestros límites y a las agujas de los relojes, os engañasteis dulcemente , como dos náufragos en una isla, hasta que se derrumbaron los edificios y el viento arrancó de cuajo todos los árboles del parque y las farolas y hasta los titulares más recientes de las portadas de los periódicos.
Afuera, sin embargo, todo seguía igual. Un taxi se paraba de vez en cuando delante de la puerta y luego proseguía su camino con su lucecita verde y su rodar obtuso al acecho de posibles clientes. Nadie os vio salir. En la habitación quedó la huella de tu perfume turbio y una horquilla olvidada sobre aquel pañito de encaje, encima de la cómoda. Como una especie de eco, flotaba  el nombre de Karl, junto a una desesperación urgente que se repetía como una súplica: Vicky, Vicky, Vicky... Como si ni un solo recuerdo fuese de verdad de Clementine.
 Al llegar a casa tomaste una ducha caliente y te pusiste a leer junto a la lámpara del salón. Luego separaste las sábanas y te metiste en cama bajo una nube de cansancio. Al día siguiente cortarías 3.254 rodajas de merluza de tres centímetros de espesor como quien cava sin querer una fosa de la que no es capaz de salir. Al mediodía tomarías  algo ligero: un sándwich de pollo con tomate o un poco de arroz. Y por la tarde, sin decirle nada a nadie, volverías al parque de los rosales como una princesa o una diosa que no se preocupa tanto del esplendor de su propia majestad como del mero hecho de vivir.

lunes, 12 de octubre de 2009

Una maravillosa bruma aún por vivir.





-          Lleguemos a un acuerdo, dijo Tucker.
-          Hoy no es mi día para los negocios.
-          Tampoco el mío, Bob, tampoco el mío.
La escena hablaba de los errores desde una perspectiva benévola. Como accidentes o algo así. Tucker y Bob eran los nombres de dos personajes recios, sin fallas. Tucker se dedicaba al contrabando de cualquier cosa rentable, incluyendo armas, cocaína, y jóvenes esperanzas de mujeres. Bob era un alto responsable de la policía, aunque sus ambiciones estaban puestas más bien en la política. Cada mañana tomaba café delante de un tablero y reflexionaba despacio sobre la posición de cada una de las piezas. Tucker era una de ellas. El gobernador del condado, otra, bastante más peligrosa. La cuestión estaba en hacerlo caer sin que se notase mucho la mano. Como por accidente. Ese era el juego. En este punto se cruzaban los planes de ambos protagonistas. Gran parte del público esperaba ansioso el desenlace. Otros se habían dormido durante la narración biográfica de Bob. La posibilidad de dar un giro al tono dramático y pastoso del argumento era a estas alturas una necesidad más que apremiante. Contando con la excelente fotografía del rodaje y la capacidad expresiva de la partitura, se confiaba en el efecto de un final levemente romántico. Al parecer, Bob mantenía un idilio secreto con la mujer del gobernador, quien, a su vez, era el rey de los prostíbulos de la comarca. Las fotografías publicadas en primera página por The Monday Morning Post acabaron definitivamente con su reinado.
Bob hizo avanzar la ficha correspondiente en el tablero de ajedrez. Su reencuentro con Anne en una plaza desconocida poblada de palomas, el relato melódico de sus años siguientes viviendo en París como el señor y la señora Marshall, él retomando su afición a la pintura, ella escribiendo sus memorias, parecen transmitir una suerte de esperanza a los soñadores y confusos que se dejan influir demasiado por las inexactitudes de la ficción.
Por supuesto, mi ayudante no estaba de acuerdo. Demasiado pastel, demasiado pastel, Nad, murmura con disgusto. En fin: es difícil contentar a todos.
Al salir del cine, la idea fundamental tiene mucho que ver con el valor de los sueños. El reflejo de la luz en las calles de piedra dice cosas, la cortina metálica que se cierra, el barrendero que acaba de empezar su jornada, incluso todos esos coches aparcados con cara de tontos escriben en esta parte del mundo sus pequeñas historias con luz propia y sin ningún afán evidente de protagonismo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Corre, corre hacia el horizonte


Los hombres estaban delante de los caminos cuando se torcieron definitivamente las ramas de los árboles. La primera reacción fue señalar al presidente, quien, a su vez, parecía mirar hacia otro lado, aunque en realidad seguía los acontecimientos de perfil, con el rabillo del ojo.
Los sonidos se simplificaron mucho, hasta quedar convertidos en meras secuencias de golpes. La música parecía salir de viejas mansiones deshabitadas, a través del cristal roto de una ventana. Pero ¿dónde estaban los bailarines? No había respuestas para preguntas como ésa. Todo lo más, remolinos de hojas secas y pesados desplazamientos de nubes. Era muy remota la posibilidad de un pacto. Las tinieblas fomentaban sin querer el uso del cuchillo y del gesto, lo cual había agudizado mucho los reflejos o, más bien, el nerviosismo. ¿Qué se podía esperar entonces de los campos de trigo? ¿Cómo interpretar el tono optimista de los discursos? ¿Como un sarcasmo? ¿Como una huida hacia adelante? Los reptiles se reservaron su opinión. Y lo mismo hicieron los caballos cuyo papel había sido muy importante en la Edad Media.
De modo que la responsabilidad se repartió a partes aparentemente iguales. Las banderas abandonaron sus significados más llamativos. Los pájaros volaron en todas las direcciones. Y los caprichos del paisaje llegaron a hacerse una costumbre. Cosas tan triviales como cortarse el pelo o dejarse la barba, desplazarse a pie o en automóvil, descansar diez minutos con los pies en alto, adquirieron una prioridad confusa, desencajada de sus esquinas, hiriente incluso en su formulación más elemental.
En la ventanilla de las apuestas había sin embargo una cola de aspirantes convencidos de su buena suerte.