- Lleguemos a un acuerdo, dijo Tucker.
- Hoy no es mi día para los negocios.
- Tampoco el mío, Bob, tampoco el mío.
La escena hablaba de los errores desde una perspectiva benévola. Como accidentes o algo así. Tucker y Bob eran los nombres de dos personajes recios, sin fallas. Tucker se dedicaba al contrabando de cualquier cosa rentable, incluyendo armas, cocaína, y jóvenes esperanzas de mujeres. Bob era un alto responsable de la policía, aunque sus ambiciones estaban puestas más bien en la política. Cada mañana tomaba café delante de un tablero y reflexionaba despacio sobre la posición de cada una de las piezas. Tucker era una de ellas. El gobernador del condado, otra, bastante más peligrosa. La cuestión estaba en hacerlo caer sin que se notase mucho la mano. Como por accidente. Ese era el juego. En este punto se cruzaban los planes de ambos protagonistas. Gran parte del público esperaba ansioso el desenlace. Otros se habían dormido durante la narración biográfica de Bob. La posibilidad de dar un giro al tono dramático y pastoso del argumento era a estas alturas una necesidad más que apremiante. Contando con la excelente fotografía del rodaje y la capacidad expresiva de la partitura, se confiaba en el efecto de un final levemente romántico. Al parecer, Bob mantenía un idilio secreto con la mujer del gobernador, quien, a su vez, era el rey de los prostíbulos de la comarca. Las fotografías publicadas en primera página por The Monday Morning Post acabaron definitivamente con su reinado.
Bob hizo avanzar la ficha correspondiente en el tablero de ajedrez. Su reencuentro con Anne en una plaza desconocida poblada de palomas, el relato melódico de sus años siguientes viviendo en París como el señor y la señora Marshall, él retomando su afición a la pintura, ella escribiendo sus memorias, parecen transmitir una suerte de esperanza a los soñadores y confusos que se dejan influir demasiado por las inexactitudes de la ficción.
Por supuesto, mi ayudante no estaba de acuerdo. Demasiado pastel, demasiado pastel, Nad, murmura con disgusto. En fin: es difícil contentar a todos.
Al salir del cine, la idea fundamental tiene mucho que ver con el valor de los sueños. El reflejo de la luz en las calles de piedra dice cosas, la cortina metálica que se cierra, el barrendero que acaba de empezar su jornada, incluso todos esos coches aparcados con cara de tontos escriben en esta parte del mundo sus pequeñas historias con luz propia y sin ningún afán evidente de protagonismo.

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