Los hombres estaban delante de los caminos cuando se torcieron definitivamente las ramas de los árboles. La primera reacción fue señalar al presidente, quien, a su vez, parecía mirar hacia otro lado, aunque en realidad seguía los acontecimientos de perfil, con el rabillo del ojo.
Los sonidos se simplificaron mucho, hasta quedar convertidos en meras secuencias de golpes. La música parecía salir de viejas mansiones deshabitadas, a través del cristal roto de una ventana. Pero ¿dónde estaban los bailarines? No había respuestas para preguntas como ésa. Todo lo más, remolinos de hojas secas y pesados desplazamientos de nubes. Era muy remota la posibilidad de un pacto. Las tinieblas fomentaban sin querer el uso del cuchillo y del gesto, lo cual había agudizado mucho los reflejos o, más bien, el nerviosismo. ¿Qué se podía esperar entonces de los campos de trigo? ¿Cómo interpretar el tono optimista de los discursos? ¿Como un sarcasmo? ¿Como una huida hacia adelante? Los reptiles se reservaron su opinión. Y lo mismo hicieron los caballos cuyo papel había sido muy importante en la Edad Media.
De modo que la responsabilidad se repartió a partes aparentemente iguales. Las banderas abandonaron sus significados más llamativos. Los pájaros volaron en todas las direcciones. Y los caprichos del paisaje llegaron a hacerse una costumbre. Cosas tan triviales como cortarse el pelo o dejarse la barba, desplazarse a pie o en automóvil, descansar diez minutos con los pies en alto, adquirieron una prioridad confusa, desencajada de sus esquinas, hiriente incluso en su formulación más elemental.
En la ventanilla de las apuestas había sin embargo una cola de aspirantes convencidos de su buena suerte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario