De los tres escenarios posibles, optamos por la línea de la costa en la incipiente llegada del verano. Creíamos en los atardeceres largos con las ventanillas bajadas y los pies descalzos. El mar continuaba encendido más allá de la puesta de sol, y la radio emitía música de los años 50 con su tonos azul piscina que infundían un amable optimismo sobre la cocina y el jardín. Crecían las empresas y cada venta era recibida como una bendición. Los directivos se permitían soñar con un futuro monopolio mundial que recordaría los nombres de los pioneros colgando unos cuadros en la sala de juntas de la sociedad. En el exceso de confort se empezaba a incubar un movimiento de rebeldía juvenil que, años más tarde, haría de los Beatles su referencia. Las parejas se comprometían en el Baile de Fin de Curso, y ahí se acababa prácticamente la imaginación. Los mantelitos de encaje quedaban muy bien en el círculo de las mesas camillas, y los periquitos gorjeaban contentos en sus jaulas cada vez que los ponían sobre el alféizar de la ventana.
El hombre había alcanzado un cierto dominio de sí mismo y de su entorno, y cuando se compraba un coche se hacía una inversión que pasaba a formar parte de la vida sentimental de la familia. Los poetas se contaban con los dedos de una mano. La mayoría se estudiaban en la universidad y los demás eran completos desconocidos. El género mismo no pasaba de constituir una peculiar rareza literaria, y no despertaba mayor interés que un sello duplicado de la España de 1936 o un grabado dudosamente atribuido a Van Eyck. Era el momento de los álbumes de fotos en blanco y negro, o en un incipiente color aletargado y difuso que elevaba la cima de la conquista tecnológica. Los niños llevaban ropita de encaje con una cinta de raso adornando los puños y el perímetro de la cintura, y el viento soplaba amablemente sobre las hojas secas del otoño. ¿Qué más se podía pedir?
Poco a poco, el jazz sacó a pasear los pianos y las trompetas por los barrios negros de las grandes ciudades de Estados Unidos. Algunos músicos viajaron a Europa, redescubrieron la fuerza de Africa y los cuartos de tonos de la música de las culturas orientales. Cultivaron de este modo una estética experimental que se encerró durante un tiempor en garajes y locales sin ventilación. Mientras, al otro lado de esas paredes sucias, triunfaron el swing y los nuevos ritmos de baile en los que habían invertido mucho dinero las compañías discográficas. Era la música del tupé y las camisas de flores abiertas hasta el ombligo. Las marcas industriales trataban de imitar a la Coca Cola como icono del éxito internacional. La elocuencia de la imagen creó los ídolos del cine para quemarlos muy despacio bajo los focos de Hollywood. Unas cuantas décadas de acontecimientos pondría en aquellos rostros magnéticos una tenue luz de melancolía, un silencio anticuado que obligaba a fijarse en el gesto: el modo de sostener el cigarrillo, la caída del párpado, una peculiar cadencia en el peinado. Los atardeceres, en cambio, no pasaban de moda. Estaban ahí, suavizando el final del día en las poblaciones costeras o en las montañas, invitando a una reflexión fugaz sobre el antes y el después, sin acritud y sin pena, como quien repasa las páginas manoseadas de un periódico desde una perspectiva situada al borde de la historia.

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