Ahí están los aliados, con su mirada benévola posándose sobre el aspecto superfluo de las cosas. Nuestro pacto se ha sellado en secreto durante una reunión a la que siguió un cóctel. Desde entonces colaboramos calladamente, con movimientos aprendidos de memoria que disuaden al enemigo de emprender nuevas acciones. Cuando resuenan los disparos, las nubes se hacen más dramáticas y densas, y sopla un viento frío sobre la superficie del agua que encrespa las olas e inquieta a los marineros. Entonces no se oye la música, sino solamente un silbido agudo que sale de los labios de las rocas. De repente, se recortan en la orilla las siluetas de los aliados con su autoridad invisible y el viento, al verlos, los reconoce y se calma. La ira de la naturaleza regresa a sus orígenes y la canción del horizonte llena el océano de un lirismo transparente que acentúa el efecto de la luz y el contraste cromático de los barcos con sus estelas chirriantes de gaviotas enloquecidas. El mar ha vuelto a la calma y el cielo ha recuperado la lentitud crepuscular en la que brotan las grandes ideas.
Los aliados se mantienen tranquilos, custodiando la felicidad del paisaje costero. Las olas estallan en la rompiente celebrando su fiesta particular de energía y tiempo. Los marineros escriben sobre el ruido del motor su pequeña página de la historia con palabras de espuma y acentos de sal. Dormirán durante el día, con la ventana cerrada y los sueños abiertos a la improvisación. En la plaza, las vendedoras cantan el brillo de las escamas, la tersura de los ojos, y el pescado parece elevarse sobre las cestas y nadar en el entusiasmo del mundo submarino. Allí se cruzan con otras especies y descubren bosques de algas y valles sumergidos que provocan el asombro. Es una mañana pues de victorias y sorpresas. Conducir tiende al placer y los bares ofrecen conferencias con notas de vino banco y humo de tabaco. El arroyo, que atraviesa el pueblo en zigzag interesándose por la salud de los vecinos, observa la ropa blanca colgada al sol, el ritmo uniforme de los azadones, la medida exacta que dispensa el empleado del almacén de granos, y el olor de libro que invade las aulas del colegio.
¡Que el sol siga su camino” sentencian los aliados a lomos de sus caballos oscuros. La mañana ha cumplido todos los deseos. Las golondrinas trazan veloces líneas invisibles por encima de los tejados. Y no queda mucho más que decir. Uno puede comer una manzana fresca o sentarse en un banco de madera y abrir un libro de poesía cuyo primer poema comience así:
“Por aquí pasa un río, lo presiento…”
La literatura siempre nos proporciona un final airoso que nos deja con ganas de seguir leyendo. Luego, la puerta abierta del horno nos acerca el olor del pan fresco y las prioridades cambian. Pero eso ya es otra historia.
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