Después del primer día de playa la sensación general era de cansancio y serenidad. Los perros, que habían recorrido el perímetro de la costa detrás de una pelota, compartían a su modo esta suave paz del regreso a casa. De la biblioteca venía una música atonal, como de varillas finas y luces de araña. El operario que manejaba el taladro se mantenía en su puesto de un modo obstinado, a pesar de que ya era hora de finalizar la jornada. Y los poetas oscuros, por su parte, reflexionaban en silencio sobre la yuxtaposición experimental, sin llegar a ningún sitio concreto. Cada uno de estos actores aportó una frase minúscula al guión de la existencia. Dejados a un lado los problemas financieros y las vueltas de la política, lo más interesante de todo tenía que ver con la merienda.
Y fue así como por fin dejamos el paisaje vespertino en paz. Los barcos amarrados y los bañistas recogiendo la toalla húmeda de la arena. En las carreteras que vuelven de la costa se originan pequeños atascos que se resuelven sin mayores complicaciones formales: se mete la primera y se acabó el atasco. Todavía se sienten los efectos purificadores del baño en el mar. Los que vuelven de la playa son un poco héroes y un poco seres de leyenda, aventureros, soñadores y náufragos rescatados por el reloj. La orilla se va quedando vacía bajo el vuelo desinteresado de las gaviotas. El horizonte dorado se llena de rayos oblicuos diciendo adiós.
Y todo vuelve a ser como antes: el agua transparente y vital, el olor a yodo del aire, y los primeros síntomas del sueño que se manifiestan desapasionadamente entre víctimas e inocentes.
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