Las naves han vuelto a la mar. Las olas se apartan a su paso tranzando en la superficie del agua un rumbo de espuma y sal que se identifica con el valor y la calma. En tierra firme, las mujeres han empezado ya a escribir cartas tranquilas, sentadas junto a una ventana mientras la tarde se apaga lentamente. Han regresado a casa con el sabor vacío de los muelles solitarios, tratando de componer cierta idea de lo que serán los próximos meses, apenas esbozados por la sucesión de pequeñas tareas domésticas que irán llenando el paso de las horas y el lento crecer de los pastos. Con un bote de brea, ayudarán a reparar las embarcaciones dañadas que aguardan su turno sobre la arena mojada. La sombra de los álamos hace más soportable el calor del mediodía, y al terminar el verano llegarán los carromatos de la fiesta para organizar los bailes nocturnos y vender nubes de azúcar y rosquillas a lo largo del día. Hay caramelos amarillos y verdes, caramelos de naranja y de cola, palomitas de maíz y manzanas asadas con chocolate, almendras revestidas de azúcar quemado y helados de vainilla en puntiagudos conos de galleta. Entonces el mar es un mero telón de fondo que no hace preguntas y se pierde en la línea del horizonte. Los vecinos acuden a la fiesta planchados y limpios, con una curiosa forma de caminar provocada por el mordisco de los zapatos nuevos. Desde lo alto de los postes, los altavoces abren paso a suaves canciones clásicas pobladas de violines y celestas. De vez en cuando también canta una voz cubana de mujer cuyas historias vienen acompañadas de una guitarra y una tragedia vespertina de bolero tropical. La marea sube y baja sin otra cosa que hacer. Con sus gritos incómodos, las aves ponen preguntas clave en el aire del mes de agosto, que se encarga de extenderlas por el paisaje con la esperanza de hallar una respuesta. En el envés del verano está el olor caliente de la paja seca, el aburrimiento manso de las vacas en sus cuadras de piedra, el rayo de sol que se cuela por la ventana a la hora de la siesta. Los cangrejos se aprietan contra la arena húmeda, temiendo ser descubiertos por los muchachos y sus pequeñas varillas de acero. Se encenderán cientos de bombillas dispuestas en largas hileras sobre los postes de la ribera, y habrá una canción más esperada que las demás que contendrá todas las respuestas. Y creo que por eso se acercarán las aves y los gamberros, las muchachas idílicas y los viejos, los perros y los regatos en horas bajas. De ese clímax de la fiesta se hablará mucho al día siguiente y al otro y se quedará grabado para siempre como un recuerdo lento de un verano interminable.
lunes, 21 de septiembre de 2009
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