lunes, 2 de noviembre de 2009
Sal al calor de la terraza
Borrasca
viernes, 30 de octubre de 2009
La confusa memoria del agua
miércoles, 28 de octubre de 2009
Distorsiones de perfil
lunes, 26 de octubre de 2009
Balada para Clementine
lunes, 12 de octubre de 2009
Una maravillosa bruma aún por vivir.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Corre, corre hacia el horizonte
Esto no es comida para un hombre
Las manchas de la pared
September
La cuerda rota
7 euros con 50 céntimos
Y Brendan se echó a reir
martes, 22 de septiembre de 2009
Hechigns el triste
Violenta como el olor de las flores
Astropífanos fabulosos
lunes, 21 de septiembre de 2009
Enciclopedia y horchatas
El vidrio y la lluvia
El aire huele a humo y magnolias
Aquellas trivialidades inocuas
El próximo compás
Pájaros desdeñosos y hostiles, rayos de luz brillando en la superficie del agua, el aire quieto en medio de la historia, restos de una hoguera y el melancólico olor de las cenizas. Sobre el paisaje flota una escena anterior, como un eco inmovilizado misteriosamente cuya presencia va menguando en un sentido para volverse más fuerte en otro, en una especie de vibración extraña, de un ligerísimo desplazamiento de los colores, de un desvío hacia la izquierda de la temperatura natural del aire. Los caballos y las cabras son los primeros seres en sentir esa inquietud abstracta. El mar no responde. Y las cosechas se pierden sin el acompañamiento de una explicación convincente. Las voces de los poetas adquieren de pronto un raro poder de persuasión. Actores indefensos desmontan las estrofas para leer mejor los recovecos de los versos y dar sentido a las elipsis, pero, aún así, se sienten más impostores que nunca.
Allá, al fondo, sobre la hierba del prado, una fina cuerda de esparto sujeta la ropa blanca. Al otro lado, el viento ejecuta una danza antigua para ahuyentar la ansiedad y las pesadillas. El camino cuida sus pequeñas curvas casi sin hacer nada. Pronto serán las fiestas del pueblo, y la explanada de los muelles se llenará de carrozas y tómbolas. Habrá música y globos de colores y sonrisas de niño detrás de nubes de azúcar. De aquel sesgo transparente y ligeramente dramático no queda nada. A la una llegarán los aviones con sus acrobacias espectaculares. Los vecinos, mientras tanto, se duchan antes de ponerse la ropa nueva y salir a la calle como si fuesen turistas triunfantes de visita en una provincia lejana, y así, entre todos, se crea un exotismo doméstico que propicia los planes a medio y largo plazo.
Romualdo ha tomado la decisión de comprar una camioneta y llevar los conejos a Tabagón el primer sábado de cada mes. El amigo de Laura es presentado oficialmente a su familia y es probable que obtenga sin dificultad su beneplácito. El próximo domingo volverán a comer y contarán más cosas.
De la marea baja
Aquel cuadro, el de las barquitas tristes, adolecía de un suave defecto: le faltaba fuerza. Representaba una playa de arena blanca y finas lagunas a una hora incierta de una tarde nublada. Varadas sobre la quietud insólita se distinguen pequeñas embarcaciones agotadas. Hay un aliento de pasividad en el escenario, una especie de moratoria indefinida. La única actividad procede de los tenues cambios de la luz y los paulatinos reflejos del sol sobre la superficie del agua. Se percibe una ausencia de discurso, un vacío fantasmagórico que impone silencios de todos los tamaños. La presencia de dos siluetas humanas no corrige el efecto anterior, sino que le añade, si acaso, un lado mediterráneo, como el recuerdo de una canción que habla de las marismas y de las cañas.
En el exterior del museo, el mundo sigue su curso a través de la acción. Los intérpretes discrepan a menudo en torno a la interpretación de los hechos, lo cual asegura la supervivencia del debate y la incertidumbre de las elecciones. No abundan los ejemplos edificantes ni voces que hablen sin introducir sutiles bisagras de doble sentido. Y mientras tanto la música permanece aparentemente neutral, defendiendo su propia idea de belleza. En los hogares, los perros se conforman con breves paseos por el parque y los huesos que son depositados con regularidad en un recipiente de plástico. La derecha también se mantiene dentro de su propio círculo, como perros al abrigo de la sombra de Rajoy, haciendo apuestas sobre quién le clavará el cuchillo. Y la izquierda indecisa y vehemente se calienta la boca al salir de trabajar y lanza unos cuantos exabruptos con una lata de cerveza en la mano.
En Italia restalla el látigo de Berlusconi sobre las espaldas de los inmigrantes africanos y luego descansa el resto del día sobre el mueble del tocador de una casa de Nápoles, mientras el presidente se convierte en la estrella del jardín, en una fiesta llena de jóvenes inmigrantes rumanas.
Se mueven demasiadas cosas a lo largo de las cunetas del día, extendiendo una molestia difusa sobre la superficie del planeta que parece cobrar cuerpo con cada nuevo acontecimiento.
En Honduras, el mandatario que hizo caso omiso de las instituciones democráticas con el propósito de perpetuarse en el poder apela ahora, tras haber sido apartado por el acuerdo de los partidos, a la misma legalidad que trataba de quebrantar. Sus vecinos salen corriendo para brindarle su apoyo, no tanto por un escrúpulo de respeto a la libertad como por un sentimiento de solidaridad entre bandidos. Europa, muy digna, sostiene un democrático discurso al que no le falta ni le sobra una coma. A ver, dime dónde está el truco.
El crepúsculo de los cincuenta
Ruggiero de la Viscosa
Tonadas y gestos
Tigres, caminos que se oscurecen, rayas dispersas sobre una pizarra, el pelo hirsuto de un camello recalentado, serpentinas sobre el bullicio de una calle en fiestas, la tercera fotografía de una aficionado que comienza, el cansancio de la mujer de los tangos, el brillo de la muchacha del vestido estampado, tres razones secretas para cerrar la ventana y apagar la luz, la tarde suave que declina sin hacer preguntas sobre las notas de la orquesta, abrirán los bares y de la olla empezarán a salir raciones de pulpo y alabanzas llegadas de lejos, desaparecieron las noticias por una vez y los libros gozaron al fin de una libertad largamente esperada. Acaso sea hora ya de poner en orden los méritos de los poetas. Por una vez sacaremos el polvo a tantos versos olvidados para separar el oro del estaño, la música de los crujidos, el olor de la canela de la podredumbre de los tramposos.
La noche llegará con sus horas silenciosas y lentas, y las ventanas de la biblioteca dejarán ver los inexactos dibujos de las estrellas. Con total libertad pasarás de Garcilaso a John Updike, y la experiencia de dicho viaje valdrá por sí misma un pequeño monumento. Los barcos esperarán al amanecer amarrados a puerto, mientras los cruceristas procuran descansar, si es que logran vencer el nerviosismo de la partida. Han repasado la maleta docenas de veces y no parece que les falta nada, pero la inquietud les empuja a asegurarse una vez más: las gafas de sol, el aparato de radio, la cámara y los teléfonos, las cartas y los dados, la segunda parte de Los Pilares de la Tierra, y una libreta de hojas blancas sin rayas para registrar fugaces impresiones ociosas. Los pañuelos y el tabaco. Las camisas y las mudas. Los prismáticos y las ganas de aventura.
Sí: está todo. El perro no puede viajar, así que lo dejarán con la tía Virginia que vive en un bonito pueblo de las montañas, entre ovejas y caballos. Lo mejor será que te tomes una manzanilla y te vuelvas a acostar. De nada servirá tu insomnio a la coherencia del día siguiente. Fíjate: en la radio solo emiten programas de terror y llamadas de personas tristes que tampoco pueden dormir. Los garajes están completos y la luna está a punto de caerse debido al peso de los sueños de la mitad del planeta. ¿Es urgente una revolución? Permite que vuelvan los mensajeros y luego lee despacio las cartas. Te contarán desde distintos ángulos cómo va de verdad el mundo. Abre el telón de la rutina y asiste sin prejuicios al espectáculo. Por supuesto que hay piratas y asesinos, ladrones y seres perversos, pero no tomes una parte por el todo ni dejes que hierva demasiado pronto el ácido de la ira. Mantente ahí, cómodamente sentado en el sillón de la biblioteca. La noche no ha hecho más que empezar.
Rudimentos del aire
Senectud y globos. Un camino de tierra pisada trazado en un descenso del prado. ¡Ah, cuántas cosas!. La puerta abierta de la tienda de antigüedades invita a entrar en un tiempo seco y casi olvidado: discos de vinilo y libros de hojas amarillentas cubiertas de polvo. Una cámara de fotos que fue en su momento una cumbre de la tecnología y que hoy se oculta un poco avergonzada detrás de un espejo de plata con marco de madera. Afuera, los obreros abren una zanja en la calle con la ayuda de un taladro y unas cervezas frías. Es la huella del progreso, afirman los carteles patrocinados por el grupo de gobierno. Habrá más zanjas y más cervezas en otras calles. El mundo entero se convertirá en una gran zanja a la puerta de casa. ¿Proviene de ahí el vértigo? ¿O acaso de los enfrentamientos de los candidatos en la hora de mayor audiencia? La gripe avanza como un susto y una especie de alivio. La Gran Amenaza de la Humanidad se cura en una noche con dos copas de coñac y el calor de cuatro o cinco mantas. Por consiguiente, el apocalipsis no era otra cosa que un espejismo alentado por los mensajes de las autoridades. Pero los marineros continúan yendo a la mar a la hora del anochecer, con un bocadillo de carne asada y un racimo de uvas que les llevarán los sabores de la tierra a la superficie de las olas. Podrán fumar mientras las redes avanzan sigilosamente junto a las merluzas y los sargos. El sol calentará mientras tanto el otro lado del mundo, lleno de cocineros que pican cebolla y pimiento junto a lomos de rape dispuestos a entrar en el horno en una bandeja de acero inoxidable. Para cerrar el ciclo, el plato llegará a la mesa de un hombre de negocios que gesticula frente a un colega que no acaba de decidirse a comprar veinte contenedores de tela importada de Shangai. Al otro lado del ventanal, el mar respira en calma y las gaviotas flotan en el aire. Los diversos caminos de los hombres confluyen en esa breve pausa del mediodía. En el norte, las mesas se llenan de fruta, de innumerables tipos de pan, ensaladas y quesos, asados y carnes a la plancha, aguas de la montaña y vinos que cantan en francés o en italiano, con sabores dorados y estilo mediterráneo. En el sur, el mediodía acentúa la nostalgia del alimento y la piel se ciñe un poco más a los huesos y a las moscas, para gloria de un fotógrafo freelance que volverá a Europa convertido en un artista comprometido. Es la era de la comunicación, de los hilos invisibles, de la red global. Es la era de los fantasmas. Per, ¿qué hay de los contenidos? La pregunta nos lleva justo hasta el borde de la demagogia, de modo que es mejor dejarla en el aire, flotando como las gaviotas apacibles que perciben desde su atalaya el olor a pescado frito que sale de las cocinas de los restaurantes.
Los aliados
Ahí están los aliados, con su mirada benévola posándose sobre el aspecto superfluo de las cosas. Nuestro pacto se ha sellado en secreto durante una reunión a la que siguió un cóctel. Desde entonces colaboramos calladamente, con movimientos aprendidos de memoria que disuaden al enemigo de emprender nuevas acciones. Cuando resuenan los disparos, las nubes se hacen más dramáticas y densas, y sopla un viento frío sobre la superficie del agua que encrespa las olas e inquieta a los marineros. Entonces no se oye la música, sino solamente un silbido agudo que sale de los labios de las rocas. De repente, se recortan en la orilla las siluetas de los aliados con su autoridad invisible y el viento, al verlos, los reconoce y se calma. La ira de la naturaleza regresa a sus orígenes y la canción del horizonte llena el océano de un lirismo transparente que acentúa el efecto de la luz y el contraste cromático de los barcos con sus estelas chirriantes de gaviotas enloquecidas. El mar ha vuelto a la calma y el cielo ha recuperado la lentitud crepuscular en la que brotan las grandes ideas.
Los aliados se mantienen tranquilos, custodiando la felicidad del paisaje costero. Las olas estallan en la rompiente celebrando su fiesta particular de energía y tiempo. Los marineros escriben sobre el ruido del motor su pequeña página de la historia con palabras de espuma y acentos de sal. Dormirán durante el día, con la ventana cerrada y los sueños abiertos a la improvisación. En la plaza, las vendedoras cantan el brillo de las escamas, la tersura de los ojos, y el pescado parece elevarse sobre las cestas y nadar en el entusiasmo del mundo submarino. Allí se cruzan con otras especies y descubren bosques de algas y valles sumergidos que provocan el asombro. Es una mañana pues de victorias y sorpresas. Conducir tiende al placer y los bares ofrecen conferencias con notas de vino banco y humo de tabaco. El arroyo, que atraviesa el pueblo en zigzag interesándose por la salud de los vecinos, observa la ropa blanca colgada al sol, el ritmo uniforme de los azadones, la medida exacta que dispensa el empleado del almacén de granos, y el olor de libro que invade las aulas del colegio.
¡Que el sol siga su camino” sentencian los aliados a lomos de sus caballos oscuros. La mañana ha cumplido todos los deseos. Las golondrinas trazan veloces líneas invisibles por encima de los tejados. Y no queda mucho más que decir. Uno puede comer una manzana fresca o sentarse en un banco de madera y abrir un libro de poesía cuyo primer poema comience así:
“Por aquí pasa un río, lo presiento…”
La literatura siempre nos proporciona un final airoso que nos deja con ganas de seguir leyendo. Luego, la puerta abierta del horno nos acerca el olor del pan fresco y las prioridades cambian. Pero eso ya es otra historia.
El arpa y la tierra
Los sonidos del arpa miden en este día extrañamente festivo la verdadera calidad de la transparencia del aire. Se sueltan sobre la mañana, aventurados y dóciles, aspirando el aroma de los campos y la fragancia de los cafés en las terrazas sin prisa. En alguna parte un dedo hace avanzar las hojas de un libro para que la historia de la bodega de Joseph gane consistencia. En los muelles, un marinero repara una madera podrida del casco del barco. Los periódicos se apoyan intactos en el mostrador, a la espera de lectores ansiosos por conocer las noticias del mundo a través de dos o tres titulares en letra gruesa.
La fotografía a esta hora muestra una ría luminosa y apacible, digna heredera de una historia tranquila de acontecimientos menores y de labores cotidianas: mareas y cosechas han marcado el ritmo a sus vecinos a lo largo de los siglos. Las vibraciones de las cuerdas también resuenan en estos recovecos tan lejanos en el tiempo. Pero la historia se mantiene un paso atrás, como un ojo que contempla el escenario sin emitir juicios. El agua de la fuente sigue corriendo con la misma urgencia minúscula, aunque apenas se ven ya peregrinos que reclamen sus servicios. De la huelga del metal del día anterior, solo queda una foto en blanco y negro y algunas declaraciones rotunda s de los líderes sindicales. Se nota que es festivo en la ausencia de vehículos. Los semáforos abren y cierran el paso a fantasmas invisibles. Y los poetas se asoman al vacío en busca de un tema lateral o convulso que sirva para rellenar una página. Francamente, no convienen hacer un gran esfuerzo. Es una jornada limpia y elocuente. Los cristales de las ventanas brillan con un cierto hastío. También las lunas de los escaparates y de los portales de los edificios nuevos. Las fábricas son naves ausentes, y los barcos de pesca permanecen amarrados a la falta de expectativas.
Entonces del mar llega una brisa como un coro de voces pálidas que transmiten una suerte de desconcierto oceánico. ¡Ah! Entonces no estaba todo dicho, como parecía. La mañana oculta un pliegue en el que caben innumerables inquietudes. Para flipar, como dijo Lorenzo. Al arpa se une la campana de la iglesia y la bocina del barco que anuncia la partida. Las chicas que pasan frío en las calles solitarias más próximas al puerto todavía duermen, pero la ciudad da un paso más en su tarea de despertar. El restaurante abre sus puertas por fin. A partir de aquí, las conversaciones comienzan a dar un giro bastante notable. El mediodía impone secretamente una ley no escrita que se ha ido cumpliendo desde que el hombre se encontró de pie en medio de la naturaleza. La ley del apetito, sucesivamente corregida y sofisticada con la aparición de nuevas costumbres, modas y tendencias. Recordemos en este momento que España tiene cuatro millones de desempleados, lo cual obliga a abandonar esta mirada de folleto turístico para acercarse a las habichuelas con pan reseso.
En medio del desorden, el fútbol despliega todo su poder redentor en el Madrid-Barça del próximo sábado. Y los resortes se mueven entre los aficionados y periodistas. Las cadenas de televisión hacen cálculos de los ingresos y los jugadores se contienen en sus declaraciones previas. A estas alturas, poco queda ya de aquel sonido de arpa con el que emprendimos el vuelo. Poco a poco, el tono ha ido volviéndose más espeso hasta hacerse terrestre, corrosivo, vulgar. Del instrumento queda una huella dibujada tal vez en aquellos cirros solitarios. Todo lo demás sucede ya en el interior de los bares. Afuera, la ciudad no es más que un recipiente.
No te será fácil vender la ciudad
La voz de King Talión preside el paisaje cuando ya se va asentando la luz del mediodía. En la plaza, el desinterés de un cliente por la oferta de la pescantina es respondido con viejas imprecaciones de marinero, y la escena se recorta en la tonada para servir al retrato de costumbres. De la chimenea de la fábrica sale una fina columna de humo blanco. En el patio, un camión cargado con latas de atún se dispone a salir a la calle. El director de la compañía celebra su cincuenta cumpleaños y ha recibido un paquete con una nota perfumada. Poniéndose en pie, enciende un puro y se asoma a la cristalera desde donde contempla una panorámica de la ciudad extendiéndose en cuadrículas cada vez más pequeñas. A pesar de la crisis, las ventas no han disminuido. Y ahora este regalo misterioso. El día promete, se dice a sí mismo mientras se frota las manos. Más allá del muelle industrial, junto a los astilleros, el óxido avanza lentamente por las cuadernas de los barcos atracados en los muelles en espera del desguace. A su alrededor se mueven de vez en cuando efímeras nubes de polvo levantadas por el paso de un vehículo o por una ráfaga solitaria. Flotan páginas olvidadas de historias que contienen capítulos brillantes y etapas más bien grises. Ahora dan una nota desprovista de acentos. El cantor se refiere a ellas con nostalgia, un poco antes de abordar de nuevo el estribillo. Los fogones en cambio se vuelcan hacia el futuro. La receta de hoy ofrece merluza al estilo provenzal, y forma parta de un programa que se transmite por la televisión. El nombre del cocinero se fija en la pantalla durante unos instantes y comienza así su camino hacia la gloria. Luego vendrán las publicaciones, los concursos de cocina de autor, las polémicas y de pronto se verá convertido en una estrella. Debajo de esa bóveda de glamour están las aceras turbias por donde se extienden las colas del desempleo. Cierran las empresas asfixiadas por la caída de las ventas y el aumento de los impagos. Y el planeta sigue girando alrededor de una premisa falsa. Los expertos ya han renunciado a hacer pronósticos, no por falta de datos, sino por falta de ideas. La llegada del verano parece infundir un optimismo incipiente que tiene que ver con el regreso a la naturaleza. De todo esto habla el cantor en su largo poema melódico. Hay una estrofa para el amor que tiene un punto solidario, y algunas palabras sueltas dedicadas a la belleza de un modo un tanto vago. En general, la canción resulta agradable, como un paseo en góndola mientras suena un organillo y las palomas levantan el vuelo sobre la plaza. A la hora de comer la voz se vuelve más débil y se confunde con el sonido de los cubiertos sobre la mesa. De primero corren las ensaladas, el jamón y pequeños tacos de empanada. El alimento es una necesidad básica. Los intentos de lirismo pasan entonces a un segundo plano.














