lunes, 2 de noviembre de 2009

Sal al calor de la terraza





Ahora que es de noche, sal al calor de la terraza y considera bajo las estrellas la oportunidad de escribir una larga novela sobre la dulzura como único tema. Tal vez te parezca una buena idea comparar el texto con una copa de champán, elegante, voluptuosa, inteligente. La voz del narrador se deslizará por las cuestas tomando el lado superfluo de las cosas, como si aquélla hubiese de ser la última noche y el mundo poco más que un conjunto de ocurrencias. La luna despertará sentimientos suaves, impresiones frágiles, aromas capaces de persuadir incluso al hombre de la cicatriz que canta en las escaleras ebrio de cerveza tibia sin apenas fuerza.

Formularás esta pregunta: ¿dónde se encuentra ahora la belleza? Pero no te quedarás ahí, aguardando la respuesta, porque llegado ese punto la noche no será más que una sucesión de imágenes vibrantes que estallan en la superficie del éxtasis como burbujas de cava francés en las orillas del cristal.

En el puerto, los barcos guardan en silencio su memoria amarrados a los muelles. No es difícil evocar su esplendor. Te he entregado una noche propicia para estas cosas. Fíjate: la ciudad invita a cualquiera a robar diamantes sin demasiados riesgos. El nombre de Madame Lecouvrier no te dice nada. Es una lástima. Sus poemas se hubieran ceñido a estas pequeñas turbulencias como un guante de seda a una mano abierta:

“… han señalado los límites de mi vida las cucharillas de café…” [1]

Sé que por tu interior se mueven secretas aspiraciones de grandeza. Permite que se transformen en algo menos grave que te exonere de las deudas. Toma una copa y bebe. Tal vez no sea aquél el tema que imaginabas, pero es igual. Ya se te ocurrirá algo.


[1] T. S. Eliot

Borrasca





Fatigado por el peso de los siglos, el abrigo del otoño vistió el parque con luces más grises y vientos laterales que pusieron a prueba la resistencia de los paraguas. El paseo recuperó su vertiente más íntima y la escritura alargó un poco las frases. En el borde de la mesa había migajas de vanidad que se reconfortaban a sí mismas como princesas de cuento delante de un espejo. Afuera, la mañana saludó a las calles más antiguas ofreciendo a los inquietos de espíritu un catálogo de caminos que parecían conducir a alguna parte. Y de las alcantarillas llegó un ruido de monedas de oro que de pronto dejaron de pasar desapercibidas.

Era el momento de que los protagonistas abandonasen la modorra estival y se pusieran en marcha hacia algún objetivo no exento de dificultades. Winger descolgó el teléfono, marcó un número aprendido de memoria y esperó. La señal indicaba el ritmo de los impulsos, un ritmo lento, persistente, opaco.

¿Mike? Soy Winger. ¿Puedes hablar? ¿Qué vas a hacer esta noche? ¡Ah, ja, ja, ja…! ¡Ja, ja… ¡Muy bueno, Mike, muy bueno! Yo también conozco otro chiste. Reserva mesa para seis en el restaurante. El capitán Marlow y sus chicos te harán una visita oficial esta noche. Tiene gracia, ¿verdad? Las calles están llenas de monedas que huelen mal. Es tu olor, Mike. Será mejor que cojas el cepillo de dientes y desaparezcas. Se acabaron las vacaciones, Mike. Lo sé. Sí. Dentro de dos o tres horas. De acuerdo. Adiós, Mike.

Diversos motivos para conocer mundo, no todos nobles ni altruistas. Carreteras mojadas. Curvas que pasan sin que se noten los cuchillos. Valles abriéndose delante de una leve pendiente. El haz y el envés de las cosas. Un narrador experto que ha perdido el hilo de la historia. Mudo testigo de luces y sombras, al fondo el parque, con el ceño fruncido.

viernes, 30 de octubre de 2009

La confusa memoria del agua





De las aguas no se volverá a escribir más. Detrás de un libro de palabras transparentes late una sensación de vértigo que desconcierta a los lectores. Es más razonable, por tanto, regresar a los perfiles de personajes breves que aparecen en escena en un momento clave de sus vidas sin que ellos mismos se den cuenta de las fuerzas que se despliegan a su alrededor. Volver a las calles, a las transitadas horas del día, a señalar en medio de los ruidos el descubrimiento de un libro elzevirio que aportará a la lectura innumerables goces paralelos. Si quieres saber con exactitud en qué momento el pueblo de Lamarque emprendió el camino de la soledad contempla las ruinas con una mirada más atenta y compasiva. Recuerda que las estaciones se suceden sin interrupción, como el vuelo de un pájaro que no es alcanzado por los disparos. Dicho de otro modo:  no siempre resulta fácil la transición. Explicarlo es una tarea que obliga a retroceder en la memoria de de los árboles y volver a registrarlo todo, incluso las cosas que apenas tienen importancia, como una disputa por el sendero de la calita o  los amores que al final dieron un paso atrás con todo su fuego intacto.

Quedarán para más tarde las conclusiones. Como si, en realidad, el esfuerzo literario apuntara en otras direcciones más sutiles. Placeres, por ejemplo. Detrás de cada página habrá una incógnita vagamente familiar cuya resolución se demorará un día, tal vez dos. Vencido el plazo, la casa azul volverá a su sitio en lo alto de la colina, y en el horno se cocerán de nuevo grandes hogazas de pan de maíz. Los hijos tendrán un nombre y un cometido en la vida. Y la abuela interpretará en silencio las risas y los gestos de sus nietos desde los lentos y apacibles crujidos de su mecedora de mimbre. No escribas más sobre el agua, hijo. Las palabras acabarán por disolverse y entonces correrás el riesgo de perder tu propia identidad. Mira a tu alrededor. Con eso es suficiente.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Distorsiones de perfil





¿Y si cada mañana la música fuera la misma y el único interés estuviese en las distintas distancias que nos separan de ella? Entonces la forma del ensayo sería otra, más parecida a una espiral cada vez más solidaria o a una ciudad incesante con todas sus puertas abiertas. La otra pregunta tiene que ver con los coches. ¿Ejerce alguna influencia la intención de sus diseños cada vez más afilados? ¿Existe un lenguaje subliminal que asigna un determinado valor a los neumáticos, a la potencia, al efímero secuestro de los destellos? Ahora la respuesta tiene forma de sopa de fideos, de un conjunto de voces ligeramente discrepantes que se escuchan como se escucha un canto coral: captando la complejidad del conjunto, una única dirección, como la de un viento que sopla arrastrando un número infinito de ráfagas sin perder por ello la esencia última de su mensaje.
Cuando cesa el ruido de los taladros el cuaderno se llena de luz y las preguntas se vuelven más claras. ¿Has tomado café? ¿Ha salido del horno el pan? ¿Cómo se llama este perro tan bonito? No hay duda: éste es el mejor modo de empezar el día. La mañana crece llena de buenas sensaciones. Se acabó por fin aquella ciudad excesiva de laberintos barrocos. El olor del mar no retrocede, sino que acompaña la algarabía de las gaviotas. Los barcos llegan al puerto y los marineros saludan con la mano antes de doblar el espigón. Hay una taza de café que se acaba de posar sobre la madera antigua de la barra de la cantina. Su aroma tropical es sincero como un buen amigo. Puedes escribir cualquier cosa sin preocuparte del final. Ya has vencido el miedo a saltar al vacío. Entonces, la mañana ofrece generosamente sus frutos. Las horas fluyen como parte del universo. En una ocasión semejante nació el placer de cantar, como una vibración que responde a la armonía de los planetas de una forma espontánea.
En la lonja, las sardinas se pagaron a seis y siete euros el kilo. Se compraron con gusto, pensando ya en la felicidad del mediodía. Delante, aguardaba siempre algo mejor.

lunes, 26 de octubre de 2009

Balada para Clementine




Hoy llegaste un poco tarde a comer, Clementine. Apenas quedaba espagueti. En el eje del edificio, el ascensor comenzaba a moverse para llevar de regreso a los empleados de las oficinas y a los estudiantes. Te preparaste una ensalada a contracorriente y la tomaste de pie, junto a la ventana, desde la que se veía la primera lluvia de otoño poniendo reflejos sobre el asfalto. Detrás de aquella luz incierta aguardaba el resto de la tarde sin saber muy bien a qué atenerse. Planchaste una camisa beige y te envolviste en un perfume oscuro muy replegado en sí mismo. Déjame decir que tu trabajo principal consistía en cortar rodajas de merluza de tres centímetros de espesor, aunque a estas horas eso quedaba lejos, al otro lado de las horas, en la cara oculta de las farolas.
Saliste como una reina magnífica que da un paseo de incógnito dentro del ámbito de sus dominios. Cuando llegaste al parque, un hombre con sombrero gris pareció reconocerte y se dirigió a ti. Os saludasteis. El te dijo unas palabras al oído. Tú le respondiste con discreción. Entonces te tomó del brazo y empezasteis a caminar despacio siguiendo vuestros propios pasos. Así llegasteis a aquella pensión triste que se llamaba El Loro Azul y alquilaba habitaciones por horas. Por horas, Clementine… pero dime, por favor, ¿qué era  entonces el tiempo para ti? Un abismo sin medida exacta, un remolino de fantasmas, un recipiente torpe para los amores y las desdichas.
La llave de la habitación 206 desapareció del casillero y, acto seguido, los dos subisteis por una escalera cuya moqueta daba muestras de fatiga. Vuestras sombras desaparecieron poco a poco bajo la luz mortecina  del corredor. El te dijo que se llamaba Karl. Tú le pediste que te llamara Vicky, aunque tu verdadero nombre era Clementine. Encaramados a vuestros nombres ficticios disteis varias veces la vuelta al mundo. Ajenos a vuestros límites y a las agujas de los relojes, os engañasteis dulcemente , como dos náufragos en una isla, hasta que se derrumbaron los edificios y el viento arrancó de cuajo todos los árboles del parque y las farolas y hasta los titulares más recientes de las portadas de los periódicos.
Afuera, sin embargo, todo seguía igual. Un taxi se paraba de vez en cuando delante de la puerta y luego proseguía su camino con su lucecita verde y su rodar obtuso al acecho de posibles clientes. Nadie os vio salir. En la habitación quedó la huella de tu perfume turbio y una horquilla olvidada sobre aquel pañito de encaje, encima de la cómoda. Como una especie de eco, flotaba  el nombre de Karl, junto a una desesperación urgente que se repetía como una súplica: Vicky, Vicky, Vicky... Como si ni un solo recuerdo fuese de verdad de Clementine.
 Al llegar a casa tomaste una ducha caliente y te pusiste a leer junto a la lámpara del salón. Luego separaste las sábanas y te metiste en cama bajo una nube de cansancio. Al día siguiente cortarías 3.254 rodajas de merluza de tres centímetros de espesor como quien cava sin querer una fosa de la que no es capaz de salir. Al mediodía tomarías  algo ligero: un sándwich de pollo con tomate o un poco de arroz. Y por la tarde, sin decirle nada a nadie, volverías al parque de los rosales como una princesa o una diosa que no se preocupa tanto del esplendor de su propia majestad como del mero hecho de vivir.

lunes, 12 de octubre de 2009

Una maravillosa bruma aún por vivir.





-          Lleguemos a un acuerdo, dijo Tucker.
-          Hoy no es mi día para los negocios.
-          Tampoco el mío, Bob, tampoco el mío.
La escena hablaba de los errores desde una perspectiva benévola. Como accidentes o algo así. Tucker y Bob eran los nombres de dos personajes recios, sin fallas. Tucker se dedicaba al contrabando de cualquier cosa rentable, incluyendo armas, cocaína, y jóvenes esperanzas de mujeres. Bob era un alto responsable de la policía, aunque sus ambiciones estaban puestas más bien en la política. Cada mañana tomaba café delante de un tablero y reflexionaba despacio sobre la posición de cada una de las piezas. Tucker era una de ellas. El gobernador del condado, otra, bastante más peligrosa. La cuestión estaba en hacerlo caer sin que se notase mucho la mano. Como por accidente. Ese era el juego. En este punto se cruzaban los planes de ambos protagonistas. Gran parte del público esperaba ansioso el desenlace. Otros se habían dormido durante la narración biográfica de Bob. La posibilidad de dar un giro al tono dramático y pastoso del argumento era a estas alturas una necesidad más que apremiante. Contando con la excelente fotografía del rodaje y la capacidad expresiva de la partitura, se confiaba en el efecto de un final levemente romántico. Al parecer, Bob mantenía un idilio secreto con la mujer del gobernador, quien, a su vez, era el rey de los prostíbulos de la comarca. Las fotografías publicadas en primera página por The Monday Morning Post acabaron definitivamente con su reinado.
Bob hizo avanzar la ficha correspondiente en el tablero de ajedrez. Su reencuentro con Anne en una plaza desconocida poblada de palomas, el relato melódico de sus años siguientes viviendo en París como el señor y la señora Marshall, él retomando su afición a la pintura, ella escribiendo sus memorias, parecen transmitir una suerte de esperanza a los soñadores y confusos que se dejan influir demasiado por las inexactitudes de la ficción.
Por supuesto, mi ayudante no estaba de acuerdo. Demasiado pastel, demasiado pastel, Nad, murmura con disgusto. En fin: es difícil contentar a todos.
Al salir del cine, la idea fundamental tiene mucho que ver con el valor de los sueños. El reflejo de la luz en las calles de piedra dice cosas, la cortina metálica que se cierra, el barrendero que acaba de empezar su jornada, incluso todos esos coches aparcados con cara de tontos escriben en esta parte del mundo sus pequeñas historias con luz propia y sin ningún afán evidente de protagonismo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Corre, corre hacia el horizonte


Los hombres estaban delante de los caminos cuando se torcieron definitivamente las ramas de los árboles. La primera reacción fue señalar al presidente, quien, a su vez, parecía mirar hacia otro lado, aunque en realidad seguía los acontecimientos de perfil, con el rabillo del ojo.
Los sonidos se simplificaron mucho, hasta quedar convertidos en meras secuencias de golpes. La música parecía salir de viejas mansiones deshabitadas, a través del cristal roto de una ventana. Pero ¿dónde estaban los bailarines? No había respuestas para preguntas como ésa. Todo lo más, remolinos de hojas secas y pesados desplazamientos de nubes. Era muy remota la posibilidad de un pacto. Las tinieblas fomentaban sin querer el uso del cuchillo y del gesto, lo cual había agudizado mucho los reflejos o, más bien, el nerviosismo. ¿Qué se podía esperar entonces de los campos de trigo? ¿Cómo interpretar el tono optimista de los discursos? ¿Como un sarcasmo? ¿Como una huida hacia adelante? Los reptiles se reservaron su opinión. Y lo mismo hicieron los caballos cuyo papel había sido muy importante en la Edad Media.
De modo que la responsabilidad se repartió a partes aparentemente iguales. Las banderas abandonaron sus significados más llamativos. Los pájaros volaron en todas las direcciones. Y los caprichos del paisaje llegaron a hacerse una costumbre. Cosas tan triviales como cortarse el pelo o dejarse la barba, desplazarse a pie o en automóvil, descansar diez minutos con los pies en alto, adquirieron una prioridad confusa, desencajada de sus esquinas, hiriente incluso en su formulación más elemental.
En la ventanilla de las apuestas había sin embargo una cola de aspirantes convencidos de su buena suerte.

Esto no es comida para un hombre

Te sientas a la mesa con un pensamiento fijo aguzado por el apetito. Eres entonces un hombre primitivo, menos amable que de costumbre. Aunque tus ansias de crecer siguen intactas, la fuerza del mediodía se manifiesta claramente a través de tu mal humor. Pero, claro, has sido invitado a comer a casa de Madeleine, que es una muchacha exótica y confusa, y no esperabas este verdadero altar de culto del mundo vegetal con reminiscencias de la provincia china de Lu-Li-Yan. Conociste a Madeleine durante un congreso de contracepción. Pronto supiste que Madeleine tenía novio. Luego que su novio viajaba. Luego que su novio viajaba mucho. Ahora puedes levantarte y esgrimir uno cualquiera de tus famosos pretextos que restallan en el aire como látigos en el circo, dejando boquiabierto al auditorio. Task, task… Pero has caído en una especie de trampa de la que no puedes salir tan fácilmente. ¿Acaso no existen leones enjaulados, treguas forzadas en medio de una guerra, falsos personajes que logran llevarse la atención de una trama bien elaborada?
Cálmate, Gordon. Plantea una lectura menos literal de la situación o, al menos, inténtalo.
Te sientas a la mesa porque eres dueño de ti mismo y has decidido aceptar la invitación de Madeleine. Entre los invitados se encuentra Yoky Mozumo, que podría estar interesado en adquirir uno de tus cuadros. A la mesa llega una fuente que pretende ensanchar los paladares de la cultura occidental. El mes de septiembre está a punto de agotarse y las luces del ocaso se vuelven un poco más ocres cada día. Muy bien, Gordon. Eso está mejor.

Las manchas de la pared


Lo neutralizaron una vez más. Al borde de un lago idílico donde se había detenido para beber. Fue una emboscada limpia, sin disparos ni golpes. Un sonido metálico lo alertó allí mismo y se quedó inmóvil. Pero ya era demasiado tarde. Allí estaban ocho uniformados apuntándole con sus armas. Se preguntó de dónde había partido la conspiración mientras se ponía en pie con los brazos en alto. Luego lo condujeron a un camión y lo trasladaron a Leipzig. Su rastro se pierde en una prisión local que fue destruida años más tarde por los bombarderos. Ahora se rescata parcialmente su figura tras la publicación de los Cuadernos de la Espera. Emerge de entre las sombras con un perfil difuso, agazapado detrás de una cómoda, o apostado en una ciénaga maloliente. No hay un dedo acusador que lo señale de una forma clara. Los hechos se produjeron de otra manera. Pero sólo es posible interpretarlos a través de las manchas de la pared. Quienes pretendan reescribir la historia a partir de las declaraciones del humo podrán hacer un relato minucioso y largo, más o menos verosímil o deslumbrante, con mayor o menor acierto en el manejo del estilo y el uso de la retórica. Pero es igual: se acabará disolviendo en el aire, y de sus páginas no quedará más que una huella invisible en un giro cualquiera de la mañana.

September


El enfoque del mes de septiembre apenas cometió errores. Las facturas llegaron con puntualidad, y los niños se entretuvieron con el olor mágico de los libros nuevos. Entre la una y las tres Europa giró alrededor de los fogones, y se celebraron las salsas y las croquetas, principalmente. La tarde se hacía más corta, y sin el bochorno despiadado de unas semanas atrás, aunque todavía se podía caminar en pantalón corto. La luz inundaba el paisaje como el agua un vaso de cristal. De vuelta a la rutina del hormiguero parecía haber llegado el turno de la literatura en cualquiera de sus formas. Las editoriales lanzaban nuevas colecciones de cuentos completos e incorporaban nuevos poetas a sus catálogos con una banda roja para resaltar las recomendaciones de intelectuales ilustres. En la radio, los becarios dejaron sitio a los monstruos mediáticos que llegaban de vacaciones un tanto recelosos y ambiguos. En el programa de cocina se presentó por primera vez una nueva forma de preparar las lentejas, tratando de recuperar los verdaderos productos de la granja y de la temporada. Ya era hora de abrir las puertas del armario y poner un poco de orden para afrontar el invierno. De los gatos poco se puede decir, puesto que las obras de rehabilitación no los han tenido en cuenta como especie protegida. Desde aquí les hago llegar un pequeño homenaje que quiere ser también una especie de reivindicación absurda y sentimental. Prometo que otro día cualquiera escribiré acerca de las ventanas, y entonces habrá quien se retire hacia adentro, empujado por una mala conciencia secreta. Ah… de manera que no estaba todo dicho, como parecía. ¿Así que de todo lo visible e invisible ofrece un segundo capítulo más largo que el primero, e infinitamente más interesante? Te recomiendo que leas dentro de esta misma serie “El lado oscuro de las cosas”. No te arrepentirás.

La cuerda rota

Antes de afinar el violín, Isaac tomó un paño de algodón y lo pasó suavemente sobre la caja de resonancia, del mismo modo con que cada mañana ocultaba bajo gestos amables los agujeros de una vida desesperada. Su vida cobraba sentido cuando fluía una melodía bajo el roce del arco. Luego, se mantenía flotando sobre reverberaciones que acababan disolviéndose en la esfera de un reloj lleno de palomas.
La plaza Hammerstein era un lugar propicio para la música. Se encontraba cerca de la universidad, y el ambiente de las calles estaba impregnado de una especie de sensibilidad renacentista que estimulaba cualquier manifestación relacionada con el arte. Isaac no bebía alcohol, pero compartía portales y marquesinas con borrachos y seres desahuciados.
Aquella mañana, el mundo estaba definitivamente desafinado, y tal vez por esa razón una de las cuerdas renunció para siempre a las notas de la escala, al aliento de los acordes, a Mozart, a los hallazgos del siglo XX y a todas las partituras cuyas melodías tenían de verdad algo que decir.

7 euros con 50 céntimos


De regreso del mercado vienen unas mujeres por el camino. Una de ellas ha comprado un bolso para llevar colgado al hombro. Es grande, de plástico y lona blanca, y tiene un estampado exterior de de flores y tarantelas. Las cuatro amigas celebran la ganga con entusiasmo y suaves proyecciones de futuro inmediato. Y durante ese trayecto que va desde el puesto de cachivaches al cruce de Gondomar van flotando las cuatro sobre una felicidad de siete euros con cincuenta que no se compra sin embargo con todo el oro del mundo. Nadie diría que una borrasca lleva tres días azotando la costa, ni que el número de parados ha pasado de ser una mera cifra impresa en los periódicos a una situación alarmante que ha sumergido en un hoyo sin fondo al vecindario.
El bolso nuevo ha llegado con ese aire despeinado y brevemente rufián y ya triunfa a la una y cuarto del mediodía, una de las horas más difíciles de la jornada. ¿Quién se atreve ahora a hablar de fraude? ¿Quién se atreve siquiera a señalar con el dedo, a hacer un leve gesto con el mentón? El viento ha dado un giro imprevisto en el aire. Tate. Tal vez tengan razón.

Y Brendan se echó a reir


Llega el clarinete con una nota sostenida y gris que parece anunciar el invierno. Hay una casa grande, casi una mansión, abandonada en el comienzo del bosque. Las ventanas están rotas y la maleza ha invadido las habitaciones. Susurran y cantan los fantasmas benignos. El viento golpea de vez en cuando una puerta que siente los golpes. Y, mientras, la chica cósmica duerme en los portales sin arrepentirse de nada, pero con las manos ateridas de frío. En los textos de sus canciones brilla una extraña belleza gótica como un destello de luz entre montañas de desperdicios. Ecos de una campana esencial, figuras largas y sombrías, ideales desvaídos y tristes. Un crítico del New Yorker definió todo esto como una estética de la negligencia, y el término acabó cuajando en los cócteles literarios del periódico. Más tarde, durante una merienda en las instalaciones tranquilas de un campo de golf se comentó el breve momento de gloria que vivió esta corriente artística. Acabó consumiéndose como una cerilla arrojada a la cuneta en una tarde borrascosa, y no tuvo herederos.
Años después, cuando la crisis se presentó como algo más que una amenaza, los ciudadanos de este país tomaron un desayuno aderezado con unas dosis de estupor y temblores, mientras por las esquinas de los hogares surgían nuevos fantasmas apocalípticos. De eso trataban las canciones cósmicas de la joven desahuciada. Ahora sus discos se veneran en las ferias de vinilos usados.  Dicen que la clave de su éxito se encuentra en su  feroz apología de la desconfianza, aunque hay quien destaca sobre todo su perfil romántico en el sentido que se le daba al término en el siglo XIX.
Lo importante es que llueve de forma persistente y que no se divisa el horizonte. Son las diez y media de la mañana y todavía ignoras por qué Brendan se echó a reír.



martes, 22 de septiembre de 2009

Hechigns el triste

Treinta años después, recordaría aquella mañana como si la acabara de ver en un espejo. Jirones de niebla, los últimos soldados alejándose, cenizas y humo a sus espaldas. Habría podido entonces tomar su arma y dispararles. Ese habría sido su deber como militar y como vecino de las víctimas que poblaban por todas partes el escenario de la villa. La pregunta de por qué no lo hizo lo acompañó durante el resto de su vida, causando numerosos destrozos en la arquitectura de sus principios.
La serenidad del lago apaciguaba a media tarde su ánimo atormentado. El planeta había dado ya la mayor parte de su giro. Había, por tanto, algo menos de lo que preocuparse. Cuando terminó la guerra, Hechings encontró un puesto de cartero en la administración local. Era un hombre abstruso y desgarbado, pero sus piernas eran resistentes y le gustaba el orden. Nadie se quejó nunca de sus servicios. No bebía, ni escupía en el suelo. Algunos vecinos le propusieron como candidato a la alcaldía, pero él declinó la oferta y siguió caminando con la cartera colgada al hombro. Una vez afirmó que había perdido la clave.
“El 13 de abril de 1962, a las cuatro y media de la tarde.”
Desde entonces se mueve extrañamente llevado por una inercia invisible que lo mantiene ocupado durante el día. Por la noche se enfrenta a sus pesadillas entre nubes de pájaros negros y luces crepusculares. No siempre gana. No siempre pierde. Con frecuencia se despierta en un campo vagamente familiar. De entre la niebla rescata a veces unas figuras que resultan ser soldados enemigos. El los ve pasar desde el otro lado. Sabe de dónde vienen. Por eso grita y se despierta de un sobresalto, abrumado y sin aliento.

Violenta como el olor de las flores

Lo más natural hubiera sido caminar descalzo. Pero ya hemos inventado las aceras, y ahora es demasiado tarde para volver atrás. El vuelo rasante de las palomas certifica la mañana en uno u otro sentido, lo cual significa entre otras cosas que hemos de dejar trabajar a los obreros. De lo contrario, regresaríamos a la selva, que tiene un aspecto bastante distinto del que presenta en los documentales de National Geografic. Ni siquiera contaríamos con el apoyo de la radio, y habríamos de contentarnos con los sonidos de las alimañas y la inquietud de las serpientes. Del agua no tendríamos quejas relevantes gracias a ese río transparente y caudaloso donde se bañan los cocodrilos. Retén este escenario en alguna parte no muy alejada de la mesa. Añade más tarde una avioneta, una breve historia que envuelva a sus tripulantes y una tragedia moviéndose en el horizonte, y luego cubre la estructura principal con primeros planos y diálogos mínimamente creíbles. No pienses de momento en el título ni en las mazmorras. Crecerán sin que te des cuenta a la sombra de un rododendro. Si al final la metáfora no resulta incomprensible podrás abordar asuntos políticos en forma de ensayo. El repertorio es amplio: falta de liderazgo, corrupción, incapacidad, papanatismo, exceso de poder, síndrome del payaso compungido… etc.
Lo que comienza como una novela de aventuras gira inesperadamente hacia rostros conocidos y conflictos cercanos. Se reconoce el perfil lento de Mariano, y una pompa de jabón que explota en las frases de Zapatero. Obama el poeta acalla las críticas con el lirismo de sus discursos, cuyo efecto se prolonga en las portadas de los periódicos y en los debates de los días siguientes.
Mientras la pluma hace un recorrido azaroso por la polivalente claridad de la mañana, parte, de algún punto de las costas africanas, un nuevo cayuco de la desesperación que será noticia cuatro o cinco días más tarde, cuando un turista alemán dé la voz de alarma desde una playa de Tenerife. Entonces la noticia durará poco, apenas los quince segundos de las imágenes de los inmigrantes desembarcando en el puerto con la ayuda de miembros de Protección Civil. Pero ¿cuál es tu papel en todo esto? ¿Qué puedes hacer desde la comodidad de tu asiento de mimbre, con la autoridad que te concede el mando a distancia y la vasta experiencia europea en lo que se refiere a cambiar de tema? Convocar una reunión, abrir una comisión informativa, dialogar con las partes y trabajar para llegar a un Gran Acuerdo que aporte mayor seguridad, mejores discursos y mejores fiestas de despedida para todos los asuntos pendientes que se acumulan encima de la mesa.

Astropífanos fabulosos


Toma un whisky de Malta y decídete a invertir una buena suma en poesía. Golder lo hubiera hecho si no lo hubiese atropellado un camión de basura. Ahora, claro, es distinto. Al otro lado del cementerio las posibilidades se reducen bastante, en general. La escena en que dos copas de cristal se cruzan después del brindis se repite con frecuencia los domingos cuando hay invitados y todos se sientan delante de la pantalla para ver una vez más el video de la boda que ha costado un ojo de la cara. Existen negocios mejores, desde luego. Pero no es fácil señalarlos cuando las cosas van sobre ruedas. A los aventureros se les recuerda siempre envueltos en la gloria de la partida, cuando todo es genio y desafío, y el barco se dispone a partir en medio de una nube de confeti. Mira, sino, estas fotos. El equipaje está en la bodega, junto a los camellos. Por entonces, los safaris estaban de moda, al menos como proyecto o como embuste. Pero en Africa no querían saber nada del asunto. Allí, la diversión estaba planteada en otros términos, y era mejor andar con cuidado porque nunca se llegaba a saber del todo quiénes eran ellos exactamente. A pesar de todo, seguían llegando barcos ingleses llenos de fantasías desarrolladas sobre lecturas de Julio Verne. En Europa, el relato de estos viajes ocupaba cada domingo una sección literaria muy valorada por los lectores.
Golder recortaba cada una de las entregas del periódico y las guardaba en una carpeta de cartón azul. Pobre Golder. Jamás se hubiera creído su propio final.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Enciclopedia y horchatas

Después del primer día de playa la sensación general era de cansancio y serenidad. Los perros, que habían recorrido el perímetro de la costa detrás de una pelota, compartían a su modo esta suave paz del regreso a casa. De la biblioteca venía una música atonal, como de varillas finas y luces de araña. El operario que manejaba el taladro se mantenía en su puesto de un modo obstinado, a pesar de que ya era hora de finalizar la jornada. Y los poetas oscuros, por su parte, reflexionaban en silencio sobre la yuxtaposición experimental, sin llegar a ningún sitio concreto. Cada uno de estos actores aportó una frase minúscula al guión de la existencia. Dejados a un lado los problemas financieros y las vueltas de la política, lo más interesante de todo tenía que ver con la merienda.
Y fue así como por fin dejamos el paisaje vespertino en paz. Los barcos amarrados y los bañistas recogiendo la toalla húmeda de la arena. En las carreteras que vuelven de la costa se originan pequeños atascos que se resuelven sin mayores complicaciones formales: se mete la primera y se acabó el atasco. Todavía se sienten los efectos purificadores del baño en el mar. Los que vuelven de la playa son un poco héroes y un poco seres de leyenda, aventureros, soñadores y náufragos rescatados por el reloj. La orilla se va quedando vacía bajo el vuelo desinteresado de las gaviotas. El horizonte dorado se llena de rayos oblicuos diciendo adiós.
Y todo vuelve a ser como antes: el agua transparente y vital, el olor a yodo del aire, y los primeros síntomas del sueño que se manifiestan desapasionadamente entre víctimas e inocentes.

El vidrio y la lluvia


Aquí empieza nuestra historia, dijo Turner. Para ser un soldado que acaba de regresar del frente no le falta coraje. En la calle, el repliegue de las tropas ante el avance alemán había tenido un efecto desalentador. Muchos culpaban de ello a la descoordinación y a la falta de compromiso de los aliados franceses, cuyos soldados se pasaban el día criticando ferozmente la política de su gobierno. Otros, en cambio, consideraban que había sido un error enviar a la guerra a reclutas sin experiencia que subían a los barcos de transporte asustados y aturdidos, paralizados por el terror que despertaban las historias de los veteranos. Sí: llevaban la derrota escrita en la frente. ¿Qué más pruebas se necesitaban?
Un aguacero imprevisto en pleno mes de julio calmó la polémica, trasladando el peso de las críticas a las discusiones de sobremesa.
Y tu ¿qué opinas, Turner?
Vendas y harapos
pólvora y muerte
son hombres sin suerte
cenizas y charcos.
Un poco alarmados por los cuchillos que podían esconderse detrás de las rimas, el hilo de la conversación cambió el argumento. El tiempo ofrecía un pretexto manido y descorazonador, pero los invitados deseaban olvidarse cuanto antes del presagio del soldado y disfrutar plenamente de la hora del té. Después de todo, para la mayoría de ellos la guerra no era más que un debate teórico sobre el orgullo nacional, alimentado por la literatura y los discursos del primer ministro. Un entretenimiento más, como el fútbol, o los crucigramas. Ninguno había tomado jamás un fusil, ni sentido sobre sus cabezas los disparos de un avión de la Luftwaffe trazando un vuelo rasante sobre una procesión de refugiados.

El aire huele a humo y magnolias



Llueven plumas negras como razones fundamentadas sobre una causa perdida. A veces, las huellas sobre el terreno dejan perfiles ambiguos, cuchillos cuyo olvido no tiene nada que ver con la casualidad. Por eso en ocasiones como ésta se impone la prudencia sobre un estado general de alerta. Si el silencio es demasiado espeso procura no quedarte dormido bajo un sombrero y si el aire huele a magnolias aprieta el paso. Pero si el mensaje no lleva firma, por favor, pon los cinco sentidos en la respuesta. ¿Y el zumbido de las moscas? Sí, también hay que tenerlo en cuenta. Se le atribuyen presagios oscuros, consecuencias de errores fortuitos o intencionados, envenenamientos, venganzas, muñecas rotas y cristales. Demasiadas cosas como para mantener la calma. ¿Tiene el mundo su propia fuerza motriz o no deja de ser una simple suma?
Esquivando la pregunta, considera el pintor que solo caben dos tonos en su paleta. Pero luego llega el otoño y el cuadro se complica. Las hojas se desprenden y cada una se enturbia con una nostalgia propia que la diferencia levemente de las demás. Levemente, pero de un modo singular. El tañido de una campana no suena igual un martes que un domingo, del mismo modo que la luz que rompe el silencio de la capilla vibra allí de un modo más austero. Y las flores del cementerio recuerdan mucho a otras que gritan la belleza en campo abierto, salvo por un mínimo empalidecimiento reflexivo.
Las crines de caballos al galope son sensibles también a estos efectos particulares. A veces reflejan el entusiasmo, a veces la urgencia o el espanto. Al amanecer se convierten sin duda en la fuerza viva de la tierra, el futuro de los bosques y de las montañas. Al mediodía son ciudades completas, con alcantarillados y desacuerdos, proyectos y ciertas dosis de negligencia. A última hora de la tarde ya no es posible salir del laberinto. Entonces sabes de verdad que ya has llegado.

Aquellas trivialidades inocuas

Y la mañana se llenó de juegos redundantes. ¿De qué se hablaba en las reuniones? De nada en concreto. Pero había que estar allí para salir en las fotos. El presidente depuesto comenzaba a ser una carga en el extranjero. La defensa pura de la democracia no era exactamente un argumento que sentase bien a un presidente con ambiciones secretas de tirano que había estado a punto de quebrar impunemente la democracia de su país.
A raíz del conflicto, la comunidad internacional se apresuró a repartir los roles de buenos y malos, y luego invitó a los embajadores a manifestarse. La primera reacción fue inmediata y unánime, pero desde entonces las dudas se habían multiplicado al mismo tiempo que se extendía la sensación de haber hecho un ridículo internacional. Como solución más airosa, se abogó por una salida dialogada, un acuerdo alcanzado desde dentro, bajo presiones ejercidas meticulosamente sobre los dos bandos.
Honduras brindaba a la comunidad internacional la oportunidad de mostrarse como un órgano de control y defensa de las instituciones democráticas, lo cual era algo valioso desde el punto de vista de la imagen. Se programaron reuniones de delegados cuyas conclusiones ocuparon cinco líneas que fueron leídas en una rueda de prensa donde no se admitieron preguntas.

El próximo compás

Pájaros desdeñosos y hostiles, rayos de luz brillando en la superficie del agua, el aire quieto en medio de la historia, restos de una hoguera y el melancólico olor de las cenizas. Sobre el paisaje flota una escena anterior, como un eco inmovilizado misteriosamente cuya presencia va menguando en un sentido para volverse más fuerte en otro, en una especie de vibración extraña, de un ligerísimo desplazamiento de los colores, de un desvío hacia la izquierda de la temperatura natural del aire. Los caballos y las cabras son los primeros seres en sentir esa inquietud abstracta. El mar no responde. Y las cosechas se pierden sin el acompañamiento de una explicación convincente. Las voces de los poetas adquieren de pronto un raro poder de persuasión. Actores indefensos desmontan las estrofas para leer mejor los recovecos de los versos y dar sentido a las elipsis, pero, aún así, se sienten más impostores que nunca.

Allá, al fondo, sobre la hierba del prado, una fina cuerda de esparto sujeta la ropa blanca. Al otro lado, el viento ejecuta una danza antigua para ahuyentar la ansiedad y las pesadillas. El camino cuida sus pequeñas curvas casi sin hacer nada. Pronto serán las fiestas del pueblo,  y la explanada de los muelles se llenará de carrozas y tómbolas. Habrá música y globos de colores y sonrisas de niño detrás de nubes de azúcar. De aquel sesgo transparente y ligeramente dramático no queda nada. A la una llegarán los aviones con sus acrobacias espectaculares. Los vecinos, mientras tanto, se duchan antes de ponerse la ropa nueva y salir a la calle como si fuesen turistas triunfantes de visita en una provincia lejana, y así, entre todos, se crea un exotismo doméstico que propicia los planes a medio y largo plazo.

Romualdo ha tomado la decisión de comprar una camioneta y llevar los conejos a Tabagón el primer sábado de cada mes. El amigo de Laura es presentado oficialmente a su familia y es probable que obtenga sin dificultad su beneplácito. El próximo domingo volverán a comer y contarán más cosas.


 

De la marea baja

Aquel cuadro, el de las barquitas tristes, adolecía de un suave defecto: le faltaba fuerza. Representaba una playa de arena blanca y finas lagunas a una hora incierta de una tarde nublada. Varadas sobre la quietud insólita se distinguen pequeñas embarcaciones agotadas. Hay un aliento de pasividad en el escenario, una especie de moratoria indefinida. La única actividad procede de los tenues cambios de la luz y los paulatinos reflejos del sol sobre la superficie del agua. Se percibe una ausencia de discurso, un vacío fantasmagórico que impone silencios de todos los tamaños. La presencia de dos siluetas humanas no corrige el efecto anterior, sino que le añade, si acaso, un lado mediterráneo, como el recuerdo de una canción que habla de las marismas y de las cañas.

En el exterior del museo, el mundo sigue su curso a través de la acción. Los intérpretes discrepan a menudo en torno a la interpretación de los hechos, lo cual asegura la supervivencia del debate y la incertidumbre de las elecciones. No abundan los ejemplos edificantes ni voces que hablen sin introducir sutiles bisagras de doble sentido. Y mientras tanto la música permanece aparentemente neutral, defendiendo su propia idea de belleza. En los hogares, los perros se conforman con breves paseos por el parque y los huesos que son depositados con regularidad en un recipiente de plástico. La derecha también se mantiene dentro de su propio círculo, como perros al abrigo de la sombra de Rajoy, haciendo apuestas sobre quién le clavará el cuchillo. Y la izquierda indecisa y vehemente se calienta la boca al salir de trabajar y lanza unos cuantos exabruptos con una lata de cerveza en la mano.

En Italia restalla el látigo de Berlusconi sobre las espaldas de los inmigrantes africanos y luego descansa el resto del día sobre el mueble del tocador de una casa de Nápoles, mientras el presidente se convierte en la estrella del jardín, en una fiesta llena de jóvenes inmigrantes rumanas.

Se mueven demasiadas cosas a lo largo de las cunetas del día, extendiendo una molestia difusa sobre la superficie del planeta que parece cobrar cuerpo con cada nuevo acontecimiento.

En Honduras, el mandatario que hizo caso omiso de las instituciones democráticas con el propósito de perpetuarse en el poder apela ahora, tras haber sido apartado por el acuerdo de los partidos, a la misma legalidad que trataba de quebrantar. Sus vecinos salen corriendo para brindarle su apoyo, no tanto por un escrúpulo de respeto a la libertad como por un sentimiento de solidaridad entre bandidos. Europa, muy digna, sostiene un democrático discurso al que no le falta ni le sobra una coma. A ver, dime dónde está el truco.

El crepúsculo de los cincuenta


De los tres escenarios posibles, optamos por la línea de la costa en la incipiente llegada del verano. Creíamos en los atardeceres largos con las ventanillas bajadas y los pies descalzos. El mar continuaba encendido más allá de la puesta de sol, y la radio emitía música de los años 50 con su tonos azul piscina que infundían un amable optimismo sobre la cocina y el jardín. Crecían las empresas y cada venta era recibida como una bendición. Los directivos se permitían soñar con un futuro monopolio mundial que recordaría los nombres de los pioneros colgando unos cuadros en la sala de juntas de la sociedad. En el exceso de confort se empezaba a incubar un movimiento de rebeldía juvenil que, años más tarde, haría de los Beatles su referencia. Las parejas se comprometían en el Baile de Fin de Curso, y ahí se acababa prácticamente la imaginación. Los mantelitos de encaje quedaban muy bien en el círculo de las mesas camillas, y los periquitos gorjeaban contentos en sus jaulas cada vez que los ponían sobre el alféizar de la ventana.
El hombre había alcanzado un cierto dominio de sí mismo y de su entorno, y cuando se compraba un coche se hacía una inversión que pasaba a formar parte de la vida sentimental de la familia. Los poetas se contaban con los dedos de una mano. La mayoría se estudiaban en la universidad y los demás eran completos desconocidos. El género mismo no pasaba de constituir una peculiar rareza literaria, y no despertaba mayor interés que un sello duplicado de la España de 1936 o un grabado dudosamente atribuido a Van Eyck. Era el momento de los álbumes de fotos en blanco y negro, o en un incipiente color aletargado y difuso que elevaba la cima de la conquista tecnológica. Los niños llevaban ropita de encaje con una cinta de raso adornando los puños y el perímetro de la cintura, y el viento soplaba amablemente sobre las hojas secas del otoño. ¿Qué más se podía pedir?
Poco a poco, el jazz sacó a pasear los pianos y las trompetas por los barrios negros de las grandes ciudades de Estados Unidos. Algunos músicos viajaron a Europa, redescubrieron la fuerza de Africa y los cuartos de tonos de la música de las culturas orientales. Cultivaron de este modo una estética experimental que se encerró durante un tiempor en garajes  y locales sin ventilación. Mientras, al otro lado de esas paredes sucias, triunfaron el swing y los nuevos ritmos de baile en los que habían invertido mucho dinero las compañías discográficas. Era la música del tupé y las camisas de flores abiertas hasta el ombligo. Las marcas industriales trataban de imitar a la Coca Cola como icono del éxito internacional. La elocuencia de la imagen creó los ídolos del cine para quemarlos muy despacio bajo los focos de Hollywood. Unas cuantas décadas de acontecimientos pondría en aquellos rostros magnéticos una tenue luz de melancolía, un silencio anticuado que obligaba a fijarse en el gesto: el modo de sostener el cigarrillo, la caída del párpado, una peculiar cadencia en el peinado. Los atardeceres, en cambio, no pasaban de moda. Estaban ahí, suavizando el final del día en las poblaciones costeras o en las montañas, invitando a una reflexión fugaz sobre el antes y el después, sin acritud y sin pena, como quien repasa las páginas manoseadas de un periódico desde una perspectiva situada al borde de la historia.

Ruggiero de la Viscosa


Las naves han vuelto a la mar. Las olas se apartan a su paso tranzando en la superficie del agua un rumbo de espuma y sal que se identifica con el valor y la calma. En tierra firme, las mujeres han empezado ya a escribir cartas tranquilas, sentadas junto a una ventana mientras la tarde se apaga lentamente. Han regresado a casa con el sabor vacío de los muelles solitarios, tratando de componer cierta idea de lo que serán los próximos meses, apenas esbozados por la sucesión de pequeñas tareas domésticas que irán llenando el paso de las horas y el lento crecer de los pastos. Con un bote de brea, ayudarán a reparar las embarcaciones dañadas que aguardan su turno sobre la arena mojada. La sombra de los álamos hace más soportable el calor del mediodía, y al terminar el verano llegarán los carromatos de la fiesta para organizar los bailes nocturnos y vender nubes de azúcar y rosquillas a lo largo del día. Hay caramelos amarillos y verdes, caramelos de naranja y de cola, palomitas de maíz y manzanas asadas con chocolate, almendras revestidas de azúcar quemado y helados de vainilla en puntiagudos conos de galleta. Entonces el mar es un mero telón de fondo que no hace preguntas y se pierde en la línea del horizonte. Los vecinos acuden a la fiesta planchados y limpios, con una curiosa forma de caminar provocada por el mordisco de los zapatos nuevos. Desde lo alto de los postes, los altavoces abren paso a suaves canciones clásicas pobladas de violines y celestas. De vez en cuando también canta una voz cubana de mujer cuyas historias vienen acompañadas de una guitarra y una tragedia vespertina de bolero tropical. La marea sube y baja sin otra cosa que hacer. Con sus gritos incómodos, las aves ponen preguntas clave en el aire del mes de agosto, que se encarga de extenderlas por el paisaje con la esperanza de hallar una respuesta. En el envés del verano está el olor caliente de la paja seca, el aburrimiento manso de las vacas en sus cuadras de piedra, el rayo de sol que se cuela por la ventana a la hora de la siesta. Los cangrejos se aprietan contra la arena húmeda, temiendo ser descubiertos por los muchachos y sus pequeñas varillas de acero. Se encenderán cientos de bombillas dispuestas en largas hileras sobre los postes de la ribera, y habrá una canción más esperada que las demás que contendrá todas las respuestas. Y creo que por eso se acercarán las aves y los gamberros, las muchachas idílicas y los viejos, los perros y los regatos en horas bajas. De ese clímax de la fiesta se hablará mucho al día siguiente y al otro y se quedará grabado para siempre como un recuerdo lento de un verano interminable.

Tonadas y gestos

Tigres, caminos que se oscurecen, rayas dispersas sobre una pizarra, el pelo hirsuto de un camello recalentado, serpentinas sobre el bullicio de una calle en fiestas, la tercera fotografía de una aficionado que comienza, el cansancio de la mujer de los tangos, el brillo de la muchacha del vestido estampado, tres razones secretas para cerrar la ventana y apagar la luz, la tarde suave que declina sin hacer preguntas sobre las notas de la orquesta, abrirán los bares y de la olla empezarán a salir raciones de pulpo y alabanzas llegadas de lejos, desaparecieron las noticias por una vez y los libros gozaron al fin de una libertad largamente esperada. Acaso sea hora ya de poner en orden los méritos de los poetas. Por una vez sacaremos el polvo a tantos versos olvidados para separar el oro del estaño, la música de los crujidos, el olor de la canela de la podredumbre de los tramposos.

La noche llegará con sus horas silenciosas y lentas, y las ventanas de la biblioteca dejarán ver los inexactos dibujos de las estrellas. Con total libertad pasarás de Garcilaso a John Updike, y la experiencia de dicho viaje valdrá por sí misma un pequeño monumento. Los barcos esperarán al amanecer amarrados a puerto, mientras los cruceristas procuran descansar, si es que logran vencer el nerviosismo de la partida. Han repasado la maleta docenas de veces y no parece que les falta nada, pero la inquietud les empuja a asegurarse una vez más: las gafas de sol, el aparato de radio, la cámara y los teléfonos, las cartas y los dados, la segunda parte de Los Pilares de la Tierra, y una libreta de hojas blancas sin rayas para registrar fugaces impresiones ociosas. Los pañuelos y el tabaco. Las camisas y las mudas. Los prismáticos y las ganas de aventura.

Sí: está todo. El perro no puede viajar, así que lo dejarán con la tía Virginia que vive en un bonito pueblo de las montañas, entre ovejas y caballos. Lo mejor será que te tomes una manzanilla y te vuelvas a acostar. De nada servirá tu insomnio a la coherencia del día siguiente. Fíjate: en la radio solo emiten programas de terror y llamadas de personas tristes que tampoco pueden dormir. Los garajes están completos y la luna está a punto de caerse debido al peso de los sueños de la mitad del planeta. ¿Es urgente una revolución? Permite que vuelvan los mensajeros y luego lee despacio las cartas. Te contarán desde distintos ángulos cómo va de verdad el mundo. Abre el telón de la rutina y asiste sin prejuicios al espectáculo. Por supuesto que hay piratas y asesinos, ladrones y seres perversos, pero no tomes una parte por el todo ni dejes que hierva demasiado pronto el ácido de la ira. Mantente ahí, cómodamente sentado en el sillón de la biblioteca. La noche no ha hecho más que empezar.


 

Rudimentos del aire

Senectud y globos. Un camino de tierra pisada trazado en un descenso del prado. ¡Ah, cuántas cosas!.  La puerta abierta de la tienda de antigüedades invita a entrar en un tiempo seco y casi olvidado: discos de vinilo y libros de hojas amarillentas cubiertas de polvo. Una cámara de fotos que fue en su momento una cumbre de la tecnología y que hoy se oculta un poco avergonzada detrás de un espejo de plata con marco de madera. Afuera, los obreros abren una zanja en la calle con la ayuda de un taladro y unas cervezas frías. Es la huella del progreso, afirman los carteles patrocinados por el grupo de gobierno. Habrá más zanjas y más cervezas en otras calles. El mundo entero se convertirá en una gran zanja a la puerta de casa. ¿Proviene de ahí el vértigo? ¿O acaso de los enfrentamientos de los candidatos en la hora de mayor audiencia? La gripe avanza como un susto y una especie de alivio. La Gran Amenaza de la Humanidad se cura en una noche con dos copas de coñac y el calor de cuatro o cinco mantas. Por consiguiente, el apocalipsis no era otra cosa que un espejismo alentado por los mensajes de las autoridades. Pero los marineros continúan yendo a la mar a la hora del anochecer, con un bocadillo de carne asada y un racimo de uvas que les llevarán los sabores de la tierra a la superficie de las olas. Podrán fumar mientras las redes avanzan sigilosamente junto a las merluzas y los sargos. El sol calentará mientras tanto el otro lado del mundo, lleno de cocineros que pican cebolla y pimiento junto a lomos de rape dispuestos a entrar en el horno en una bandeja de acero inoxidable. Para cerrar el ciclo, el plato llegará a la mesa de un hombre de negocios que gesticula frente a un colega que no acaba de decidirse a comprar veinte contenedores de tela importada de Shangai. Al otro lado del ventanal, el mar respira en calma y las gaviotas flotan en el aire. Los diversos caminos de los hombres confluyen en esa breve pausa del mediodía. En el norte, las mesas se llenan de fruta, de innumerables tipos de pan, ensaladas y quesos, asados y carnes a la plancha, aguas de la montaña y vinos que cantan en francés o en italiano, con sabores dorados y estilo mediterráneo. En el sur, el mediodía acentúa la nostalgia del alimento y la piel se ciñe un poco más a los huesos y a las moscas, para gloria de un fotógrafo freelance que volverá a Europa convertido en un artista comprometido. Es la era de la comunicación, de los hilos invisibles, de la red global. Es la era de los fantasmas. Per, ¿qué hay de los contenidos? La pregunta nos lleva justo hasta el borde de la demagogia, de modo que es mejor dejarla en el aire, flotando como las gaviotas apacibles que perciben desde su atalaya el olor a pescado frito que sale de las cocinas de los restaurantes.

Los aliados

Ahí están los aliados, con su mirada benévola posándose sobre el aspecto superfluo de las cosas. Nuestro pacto se ha sellado en secreto durante una reunión a la que siguió un cóctel. Desde entonces colaboramos calladamente, con movimientos aprendidos de memoria que disuaden al enemigo de emprender nuevas acciones. Cuando resuenan los disparos, las nubes se hacen más dramáticas y densas, y sopla un viento frío sobre la superficie del agua que encrespa las olas e inquieta a los marineros. Entonces no se oye la música, sino solamente un silbido agudo que sale de los labios de las rocas. De repente, se recortan en la orilla las siluetas de los aliados con su autoridad invisible y el viento, al verlos, los reconoce y se calma. La ira de la naturaleza regresa a sus orígenes y la canción del horizonte llena el océano de un lirismo transparente que acentúa el efecto de la luz y el contraste cromático de los barcos con sus estelas chirriantes de gaviotas enloquecidas. El mar ha vuelto a la calma y el cielo ha recuperado la lentitud crepuscular en la que brotan las grandes ideas.

Los aliados se mantienen tranquilos, custodiando la felicidad del paisaje costero. Las olas estallan en la rompiente celebrando su fiesta particular de energía y tiempo. Los marineros escriben sobre el ruido del motor su pequeña página de la historia con palabras de espuma y acentos de sal. Dormirán durante el día, con la ventana cerrada y los sueños abiertos a la improvisación. En la plaza, las vendedoras cantan el brillo de las escamas, la tersura de los ojos, y el pescado parece elevarse sobre las cestas y nadar en el entusiasmo del mundo submarino. Allí se cruzan con otras especies y descubren bosques de algas y valles sumergidos que provocan el asombro. Es una mañana pues de victorias y sorpresas. Conducir tiende al placer y los bares ofrecen conferencias con notas de vino banco y humo de tabaco. El arroyo, que atraviesa el pueblo en zigzag interesándose por la salud de los vecinos, observa la ropa blanca colgada al sol, el ritmo uniforme de los azadones, la medida exacta que dispensa el empleado del almacén de granos, y el olor de libro que invade las aulas del colegio.

¡Que el sol siga su camino” sentencian los aliados a lomos de sus caballos oscuros. La mañana ha cumplido todos los deseos. Las golondrinas trazan veloces líneas invisibles por encima de los tejados. Y no queda mucho más que decir. Uno puede comer una manzana fresca o sentarse en un banco de madera y abrir un libro de poesía cuyo primer poema comience así:

“Por aquí pasa un río, lo presiento…”

La literatura siempre nos proporciona un final airoso que nos deja con ganas de seguir leyendo. Luego, la puerta abierta del horno nos acerca el olor del pan fresco y las prioridades cambian. Pero eso ya es otra historia.

El arpa y la tierra

Los sonidos del arpa miden en este día extrañamente festivo la verdadera calidad de la transparencia del aire. Se sueltan sobre la mañana, aventurados y dóciles, aspirando el aroma de los campos y la fragancia de los cafés en las terrazas sin prisa. En alguna parte un dedo hace avanzar las hojas de un libro para que la historia de la bodega de Joseph gane consistencia. En los muelles, un marinero repara una madera podrida del casco del barco. Los periódicos se apoyan intactos en el mostrador, a la espera de lectores ansiosos por conocer las noticias del mundo a través de dos o tres titulares en letra gruesa.

La fotografía a esta hora muestra una ría luminosa y apacible, digna heredera de una historia tranquila de acontecimientos menores y de labores cotidianas: mareas y cosechas han marcado el ritmo a sus vecinos a lo largo de los siglos. Las vibraciones de las cuerdas también resuenan en estos recovecos tan lejanos en el tiempo. Pero la historia se mantiene un paso atrás, como un ojo que contempla el escenario sin emitir juicios. El agua de la fuente sigue corriendo con la misma urgencia minúscula, aunque apenas se ven ya peregrinos que reclamen sus servicios. De la huelga del metal del día anterior, solo queda una foto en blanco y negro y algunas declaraciones rotunda s de los líderes sindicales. Se nota que es festivo en la ausencia de vehículos. Los semáforos abren y cierran el paso a fantasmas invisibles. Y los poetas se asoman al vacío en busca de un tema lateral o convulso que sirva para rellenar una página. Francamente, no convienen hacer un gran esfuerzo. Es una jornada limpia y elocuente. Los cristales de las ventanas brillan con un cierto hastío. También las lunas de los escaparates y de los portales de los edificios nuevos. Las fábricas son naves ausentes, y los barcos de pesca permanecen amarrados a la falta de expectativas.

Entonces del mar llega una brisa como un coro de voces pálidas que transmiten una suerte de desconcierto oceánico. ¡Ah! Entonces no estaba todo dicho, como parecía. La mañana oculta un pliegue en el que caben innumerables inquietudes. Para flipar, como dijo Lorenzo. Al arpa se une la campana de la iglesia y la bocina del barco que anuncia la partida. Las chicas que pasan frío en las calles solitarias más próximas al puerto todavía duermen, pero la ciudad da un paso más en su tarea de despertar. El restaurante abre sus puertas por fin. A partir de aquí, las conversaciones comienzan a dar un giro bastante notable. El mediodía impone secretamente una ley no escrita que se ha ido cumpliendo desde que el hombre se encontró de pie en medio de la naturaleza. La ley del apetito, sucesivamente corregida y sofisticada con la aparición de nuevas costumbres, modas y tendencias. Recordemos en este momento que España tiene cuatro millones de desempleados, lo cual obliga a abandonar esta mirada de folleto turístico para acercarse a las habichuelas con pan reseso.

En medio del desorden, el fútbol despliega todo su poder redentor en el Madrid-Barça del próximo sábado. Y los resortes se mueven entre los aficionados y periodistas. Las cadenas de televisión hacen cálculos de los ingresos y los jugadores se contienen en sus declaraciones previas. A estas alturas, poco queda ya de aquel sonido de arpa con el que emprendimos el vuelo. Poco a poco, el tono ha ido volviéndose más espeso hasta hacerse terrestre, corrosivo, vulgar. Del instrumento queda una huella dibujada tal vez en aquellos cirros solitarios. Todo lo demás sucede ya en el interior de los bares. Afuera, la ciudad no es más que un recipiente.

No te será fácil vender la ciudad

La voz de King Talión preside el paisaje cuando ya se va asentando la luz del mediodía. En la plaza, el desinterés de un cliente por la oferta de la pescantina es respondido con viejas imprecaciones de marinero, y la escena se recorta en la tonada para servir al retrato de costumbres. De la chimenea de la fábrica sale una fina columna de humo blanco. En el patio, un camión cargado con latas de atún se dispone a salir a la calle. El director de la compañía celebra su cincuenta cumpleaños y ha recibido un paquete con una nota perfumada. Poniéndose en pie, enciende un puro y se asoma a la cristalera desde donde contempla una panorámica de la ciudad extendiéndose en cuadrículas cada vez más pequeñas. A pesar de la crisis, las ventas no han disminuido. Y ahora este regalo misterioso. El día promete, se dice a sí mismo mientras se frota las manos. Más allá del muelle industrial, junto a los astilleros, el óxido avanza lentamente por las cuadernas de los barcos atracados en los muelles en espera del desguace. A su alrededor se mueven de vez en cuando efímeras nubes de polvo levantadas por el paso de un vehículo o por una ráfaga solitaria. Flotan páginas olvidadas de historias que contienen capítulos brillantes y etapas más bien grises. Ahora dan una nota desprovista de acentos. El cantor se refiere a ellas con nostalgia, un poco antes de abordar de nuevo el estribillo. Los fogones en cambio se vuelcan hacia el futuro. La receta de hoy ofrece merluza al estilo provenzal, y forma parta de un programa que se transmite por la televisión. El nombre del cocinero se fija en la pantalla durante unos instantes y comienza así su camino hacia la gloria. Luego vendrán las publicaciones, los concursos de cocina de autor, las polémicas y de pronto se verá convertido en una estrella. Debajo de esa bóveda de glamour están las aceras turbias por donde se extienden las colas del desempleo. Cierran las empresas asfixiadas por la caída de las ventas y el aumento de los impagos. Y el planeta sigue girando alrededor de una premisa falsa. Los expertos ya han renunciado a hacer pronósticos, no por falta de datos, sino por falta de ideas. La llegada del verano parece infundir un optimismo incipiente que tiene que ver con el regreso a la naturaleza. De todo esto habla el cantor en su largo poema melódico. Hay una estrofa para el amor que tiene un punto solidario, y algunas palabras sueltas dedicadas a la belleza de un modo un tanto vago. En general, la canción resulta agradable, como un paseo en góndola mientras suena un organillo y las palomas levantan el vuelo sobre la plaza. A la hora de comer la voz se vuelve más débil y se confunde con el sonido de los cubiertos sobre la mesa. De primero corren las ensaladas, el jamón y pequeños tacos de empanada. El alimento es una necesidad básica. Los intentos de lirismo pasan entonces a un segundo plano.


 

Invasión


Durmieron un sueño de acero y finas láminas de aceite, encerrados en un contenedor de obra pública depositado en un callejón como un ovni extraviado. Dejaron discurrir en paz el fin de semana, como si de pronto hubieran cambiado de opinión para renunciar al proyecto de modificación de la calle y dejarlo todo tal como estaba al final de la guerra: lleno de agujeros y de cascotes. Los vecinos aceptaron la tregua con naturalidad. También ellos quisieron creer en ese final inesperado de los trabajos. La felicidad alcanzó su esplendor el domingo por la mañana, al mismo tiempo que el aire se iba llenando de luz y el mercado de baratijas de gente dispuesta a  mirar mucho el precio de los artículos. Pero, al comienzo de la tarde, los vendedores recogieron las camisetas de algodón y los restos de zapatos sueltos y fueron colocando las cajas de mercancía en el interior de furgonetas blancas. Quienes compraron un pañuelo disfrutaron del aliciente con sencillez. Quienes volvieron a casa con las manos vacías, trataron de mantener la ilusión durante algún tiempo. El mediodía pasó como un funambulista sobre el alambre. Y el comienzo de la tarde fue invadido por rayos oblicuos que apuntaban ligeramente a algo parecido a la nostalgia. Sobre el aparcamiento quedaban restos de la feria: cartones cojos y bolsas de plástico haciendo recorridos breves empujados por el viento. Fue una larga despedida. Las cafeterías se llenaron a la hora del partido y durante noventa minutos reinó una incertidumbre menor. Luego, fue una gaviota suspendida en el aire; un único coche que dobla la esquina, se acerca despacio, y se aleja a la misma velocidad, sin mayor entusiasmo o desesperación; la hora del paseo de los perros. Y la noche trajo por fin al cara oculta del universo, con su leve sonido de estrellas desplegándose sobe la extraña paz de los ronquidos. El profesor soñó una vez más con la novela no escrita que le aguardaba al otro lado del papel. En medio de la crisis, muchos ciudadanos soñaron con un puesto de trabajo. Hubo quien tuvo sueños de amor y quien, simplemente, descansó.
A las ocho de la mañana la realidad impuso su ley. Los obreros empuñaron los taladros e irrumpieron con ellos en la frágil tranquilidad de las aceras. Hicieron retumbar las ventanas de los edificios. Los sueños saltaron en pedazos sin entender muy bien de dónde procedías los ataques. Se confundían los ruidos con escenas de películas ambientadas en la Polonia de 1942. El horizonte vibraba. De nuevo, la guerra estaba ahí.