¿Y si cada mañana la música fuera la misma y el único interés estuviese en las distintas distancias que nos separan de ella? Entonces la forma del ensayo sería otra, más parecida a una espiral cada vez más solidaria o a una ciudad incesante con todas sus puertas abiertas. La otra pregunta tiene que ver con los coches. ¿Ejerce alguna influencia la intención de sus diseños cada vez más afilados? ¿Existe un lenguaje subliminal que asigna un determinado valor a los neumáticos, a la potencia, al efímero secuestro de los destellos? Ahora la respuesta tiene forma de sopa de fideos, de un conjunto de voces ligeramente discrepantes que se escuchan como se escucha un canto coral: captando la complejidad del conjunto, una única dirección, como la de un viento que sopla arrastrando un número infinito de ráfagas sin perder por ello la esencia última de su mensaje.
Cuando cesa el ruido de los taladros el cuaderno se llena de luz y las preguntas se vuelven más claras. ¿Has tomado café? ¿Ha salido del horno el pan? ¿Cómo se llama este perro tan bonito? No hay duda: éste es el mejor modo de empezar el día. La mañana crece llena de buenas sensaciones. Se acabó por fin aquella ciudad excesiva de laberintos barrocos. El olor del mar no retrocede, sino que acompaña la algarabía de las gaviotas. Los barcos llegan al puerto y los marineros saludan con la mano antes de doblar el espigón. Hay una taza de café que se acaba de posar sobre la madera antigua de la barra de la cantina. Su aroma tropical es sincero como un buen amigo. Puedes escribir cualquier cosa sin preocuparte del final. Ya has vencido el miedo a saltar al vacío. Entonces, la mañana ofrece generosamente sus frutos. Las horas fluyen como parte del universo. En una ocasión semejante nació el placer de cantar, como una vibración que responde a la armonía de los planetas de una forma espontánea.
En la lonja, las sardinas se pagaron a seis y siete euros el kilo. Se compraron con gusto, pensando ya en la felicidad del mediodía. Delante, aguardaba siempre algo mejor.
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