Hoy llegaste un poco tarde a comer, Clementine. Apenas quedaba espagueti. En el eje del edificio, el ascensor comenzaba a moverse para llevar de regreso a los empleados de las oficinas y a los estudiantes. Te preparaste una ensalada a contracorriente y la tomaste de pie, junto a la ventana, desde la que se veía la primera lluvia de otoño poniendo reflejos sobre el asfalto. Detrás de aquella luz incierta aguardaba el resto de la tarde sin saber muy bien a qué atenerse. Planchaste una camisa beige y te envolviste en un perfume oscuro muy replegado en sí mismo. Déjame decir que tu trabajo principal consistía en cortar rodajas de merluza de tres centímetros de espesor, aunque a estas horas eso quedaba lejos, al otro lado de las horas, en la cara oculta de las farolas.
Saliste como una reina magnífica que da un paseo de incógnito dentro del ámbito de sus dominios. Cuando llegaste al parque, un hombre con sombrero gris pareció reconocerte y se dirigió a ti. Os saludasteis. El te dijo unas palabras al oído. Tú le respondiste con discreción. Entonces te tomó del brazo y empezasteis a caminar despacio siguiendo vuestros propios pasos. Así llegasteis a aquella pensión triste que se llamaba El Loro Azul y alquilaba habitaciones por horas. Por horas, Clementine… pero dime, por favor, ¿qué era entonces el tiempo para ti? Un abismo sin medida exacta, un remolino de fantasmas, un recipiente torpe para los amores y las desdichas.
La llave de la habitación 206 desapareció del casillero y, acto seguido, los dos subisteis por una escalera cuya moqueta daba muestras de fatiga. Vuestras sombras desaparecieron poco a poco bajo la luz mortecina del corredor. El te dijo que se llamaba Karl. Tú le pediste que te llamara Vicky, aunque tu verdadero nombre era Clementine. Encaramados a vuestros nombres ficticios disteis varias veces la vuelta al mundo. Ajenos a vuestros límites y a las agujas de los relojes, os engañasteis dulcemente , como dos náufragos en una isla, hasta que se derrumbaron los edificios y el viento arrancó de cuajo todos los árboles del parque y las farolas y hasta los titulares más recientes de las portadas de los periódicos.
Afuera, sin embargo, todo seguía igual. Un taxi se paraba de vez en cuando delante de la puerta y luego proseguía su camino con su lucecita verde y su rodar obtuso al acecho de posibles clientes. Nadie os vio salir. En la habitación quedó la huella de tu perfume turbio y una horquilla olvidada sobre aquel pañito de encaje, encima de la cómoda. Como una especie de eco, flotaba el nombre de Karl, junto a una desesperación urgente que se repetía como una súplica: Vicky, Vicky, Vicky... Como si ni un solo recuerdo fuese de verdad de Clementine.
Al llegar a casa tomaste una ducha caliente y te pusiste a leer junto a la lámpara del salón. Luego separaste las sábanas y te metiste en cama bajo una nube de cansancio. Al día siguiente cortarías 3.254 rodajas de merluza de tres centímetros de espesor como quien cava sin querer una fosa de la que no es capaz de salir. Al mediodía tomarías algo ligero: un sándwich de pollo con tomate o un poco de arroz. Y por la tarde, sin decirle nada a nadie, volverías al parque de los rosales como una princesa o una diosa que no se preocupa tanto del esplendor de su propia majestad como del mero hecho de vivir.

Deliciosa narración...
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