lunes, 21 de septiembre de 2009

Invasión


Durmieron un sueño de acero y finas láminas de aceite, encerrados en un contenedor de obra pública depositado en un callejón como un ovni extraviado. Dejaron discurrir en paz el fin de semana, como si de pronto hubieran cambiado de opinión para renunciar al proyecto de modificación de la calle y dejarlo todo tal como estaba al final de la guerra: lleno de agujeros y de cascotes. Los vecinos aceptaron la tregua con naturalidad. También ellos quisieron creer en ese final inesperado de los trabajos. La felicidad alcanzó su esplendor el domingo por la mañana, al mismo tiempo que el aire se iba llenando de luz y el mercado de baratijas de gente dispuesta a  mirar mucho el precio de los artículos. Pero, al comienzo de la tarde, los vendedores recogieron las camisetas de algodón y los restos de zapatos sueltos y fueron colocando las cajas de mercancía en el interior de furgonetas blancas. Quienes compraron un pañuelo disfrutaron del aliciente con sencillez. Quienes volvieron a casa con las manos vacías, trataron de mantener la ilusión durante algún tiempo. El mediodía pasó como un funambulista sobre el alambre. Y el comienzo de la tarde fue invadido por rayos oblicuos que apuntaban ligeramente a algo parecido a la nostalgia. Sobre el aparcamiento quedaban restos de la feria: cartones cojos y bolsas de plástico haciendo recorridos breves empujados por el viento. Fue una larga despedida. Las cafeterías se llenaron a la hora del partido y durante noventa minutos reinó una incertidumbre menor. Luego, fue una gaviota suspendida en el aire; un único coche que dobla la esquina, se acerca despacio, y se aleja a la misma velocidad, sin mayor entusiasmo o desesperación; la hora del paseo de los perros. Y la noche trajo por fin al cara oculta del universo, con su leve sonido de estrellas desplegándose sobe la extraña paz de los ronquidos. El profesor soñó una vez más con la novela no escrita que le aguardaba al otro lado del papel. En medio de la crisis, muchos ciudadanos soñaron con un puesto de trabajo. Hubo quien tuvo sueños de amor y quien, simplemente, descansó.
A las ocho de la mañana la realidad impuso su ley. Los obreros empuñaron los taladros e irrumpieron con ellos en la frágil tranquilidad de las aceras. Hicieron retumbar las ventanas de los edificios. Los sueños saltaron en pedazos sin entender muy bien de dónde procedías los ataques. Se confundían los ruidos con escenas de películas ambientadas en la Polonia de 1942. El horizonte vibraba. De nuevo, la guerra estaba ahí.

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