lunes, 21 de septiembre de 2009

El aire huele a humo y magnolias



Llueven plumas negras como razones fundamentadas sobre una causa perdida. A veces, las huellas sobre el terreno dejan perfiles ambiguos, cuchillos cuyo olvido no tiene nada que ver con la casualidad. Por eso en ocasiones como ésta se impone la prudencia sobre un estado general de alerta. Si el silencio es demasiado espeso procura no quedarte dormido bajo un sombrero y si el aire huele a magnolias aprieta el paso. Pero si el mensaje no lleva firma, por favor, pon los cinco sentidos en la respuesta. ¿Y el zumbido de las moscas? Sí, también hay que tenerlo en cuenta. Se le atribuyen presagios oscuros, consecuencias de errores fortuitos o intencionados, envenenamientos, venganzas, muñecas rotas y cristales. Demasiadas cosas como para mantener la calma. ¿Tiene el mundo su propia fuerza motriz o no deja de ser una simple suma?
Esquivando la pregunta, considera el pintor que solo caben dos tonos en su paleta. Pero luego llega el otoño y el cuadro se complica. Las hojas se desprenden y cada una se enturbia con una nostalgia propia que la diferencia levemente de las demás. Levemente, pero de un modo singular. El tañido de una campana no suena igual un martes que un domingo, del mismo modo que la luz que rompe el silencio de la capilla vibra allí de un modo más austero. Y las flores del cementerio recuerdan mucho a otras que gritan la belleza en campo abierto, salvo por un mínimo empalidecimiento reflexivo.
Las crines de caballos al galope son sensibles también a estos efectos particulares. A veces reflejan el entusiasmo, a veces la urgencia o el espanto. Al amanecer se convierten sin duda en la fuerza viva de la tierra, el futuro de los bosques y de las montañas. Al mediodía son ciudades completas, con alcantarillados y desacuerdos, proyectos y ciertas dosis de negligencia. A última hora de la tarde ya no es posible salir del laberinto. Entonces sabes de verdad que ya has llegado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario