Los sonidos del arpa miden en este día extrañamente festivo la verdadera calidad de la transparencia del aire. Se sueltan sobre la mañana, aventurados y dóciles, aspirando el aroma de los campos y la fragancia de los cafés en las terrazas sin prisa. En alguna parte un dedo hace avanzar las hojas de un libro para que la historia de la bodega de Joseph gane consistencia. En los muelles, un marinero repara una madera podrida del casco del barco. Los periódicos se apoyan intactos en el mostrador, a la espera de lectores ansiosos por conocer las noticias del mundo a través de dos o tres titulares en letra gruesa.
La fotografía a esta hora muestra una ría luminosa y apacible, digna heredera de una historia tranquila de acontecimientos menores y de labores cotidianas: mareas y cosechas han marcado el ritmo a sus vecinos a lo largo de los siglos. Las vibraciones de las cuerdas también resuenan en estos recovecos tan lejanos en el tiempo. Pero la historia se mantiene un paso atrás, como un ojo que contempla el escenario sin emitir juicios. El agua de la fuente sigue corriendo con la misma urgencia minúscula, aunque apenas se ven ya peregrinos que reclamen sus servicios. De la huelga del metal del día anterior, solo queda una foto en blanco y negro y algunas declaraciones rotunda s de los líderes sindicales. Se nota que es festivo en la ausencia de vehículos. Los semáforos abren y cierran el paso a fantasmas invisibles. Y los poetas se asoman al vacío en busca de un tema lateral o convulso que sirva para rellenar una página. Francamente, no convienen hacer un gran esfuerzo. Es una jornada limpia y elocuente. Los cristales de las ventanas brillan con un cierto hastío. También las lunas de los escaparates y de los portales de los edificios nuevos. Las fábricas son naves ausentes, y los barcos de pesca permanecen amarrados a la falta de expectativas.
Entonces del mar llega una brisa como un coro de voces pálidas que transmiten una suerte de desconcierto oceánico. ¡Ah! Entonces no estaba todo dicho, como parecía. La mañana oculta un pliegue en el que caben innumerables inquietudes. Para flipar, como dijo Lorenzo. Al arpa se une la campana de la iglesia y la bocina del barco que anuncia la partida. Las chicas que pasan frío en las calles solitarias más próximas al puerto todavía duermen, pero la ciudad da un paso más en su tarea de despertar. El restaurante abre sus puertas por fin. A partir de aquí, las conversaciones comienzan a dar un giro bastante notable. El mediodía impone secretamente una ley no escrita que se ha ido cumpliendo desde que el hombre se encontró de pie en medio de la naturaleza. La ley del apetito, sucesivamente corregida y sofisticada con la aparición de nuevas costumbres, modas y tendencias. Recordemos en este momento que España tiene cuatro millones de desempleados, lo cual obliga a abandonar esta mirada de folleto turístico para acercarse a las habichuelas con pan reseso.
En medio del desorden, el fútbol despliega todo su poder redentor en el Madrid-Barça del próximo sábado. Y los resortes se mueven entre los aficionados y periodistas. Las cadenas de televisión hacen cálculos de los ingresos y los jugadores se contienen en sus declaraciones previas. A estas alturas, poco queda ya de aquel sonido de arpa con el que emprendimos el vuelo. Poco a poco, el tono ha ido volviéndose más espeso hasta hacerse terrestre, corrosivo, vulgar. Del instrumento queda una huella dibujada tal vez en aquellos cirros solitarios. Todo lo demás sucede ya en el interior de los bares. Afuera, la ciudad no es más que un recipiente.
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