Tigres, caminos que se oscurecen, rayas dispersas sobre una pizarra, el pelo hirsuto de un camello recalentado, serpentinas sobre el bullicio de una calle en fiestas, la tercera fotografía de una aficionado que comienza, el cansancio de la mujer de los tangos, el brillo de la muchacha del vestido estampado, tres razones secretas para cerrar la ventana y apagar la luz, la tarde suave que declina sin hacer preguntas sobre las notas de la orquesta, abrirán los bares y de la olla empezarán a salir raciones de pulpo y alabanzas llegadas de lejos, desaparecieron las noticias por una vez y los libros gozaron al fin de una libertad largamente esperada. Acaso sea hora ya de poner en orden los méritos de los poetas. Por una vez sacaremos el polvo a tantos versos olvidados para separar el oro del estaño, la música de los crujidos, el olor de la canela de la podredumbre de los tramposos.
La noche llegará con sus horas silenciosas y lentas, y las ventanas de la biblioteca dejarán ver los inexactos dibujos de las estrellas. Con total libertad pasarás de Garcilaso a John Updike, y la experiencia de dicho viaje valdrá por sí misma un pequeño monumento. Los barcos esperarán al amanecer amarrados a puerto, mientras los cruceristas procuran descansar, si es que logran vencer el nerviosismo de la partida. Han repasado la maleta docenas de veces y no parece que les falta nada, pero la inquietud les empuja a asegurarse una vez más: las gafas de sol, el aparato de radio, la cámara y los teléfonos, las cartas y los dados, la segunda parte de Los Pilares de la Tierra, y una libreta de hojas blancas sin rayas para registrar fugaces impresiones ociosas. Los pañuelos y el tabaco. Las camisas y las mudas. Los prismáticos y las ganas de aventura.
Sí: está todo. El perro no puede viajar, así que lo dejarán con la tía Virginia que vive en un bonito pueblo de las montañas, entre ovejas y caballos. Lo mejor será que te tomes una manzanilla y te vuelvas a acostar. De nada servirá tu insomnio a la coherencia del día siguiente. Fíjate: en la radio solo emiten programas de terror y llamadas de personas tristes que tampoco pueden dormir. Los garajes están completos y la luna está a punto de caerse debido al peso de los sueños de la mitad del planeta. ¿Es urgente una revolución? Permite que vuelvan los mensajeros y luego lee despacio las cartas. Te contarán desde distintos ángulos cómo va de verdad el mundo. Abre el telón de la rutina y asiste sin prejuicios al espectáculo. Por supuesto que hay piratas y asesinos, ladrones y seres perversos, pero no tomes una parte por el todo ni dejes que hierva demasiado pronto el ácido de la ira. Mantente ahí, cómodamente sentado en el sillón de la biblioteca. La noche no ha hecho más que empezar.
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