Toma un whisky de Malta y decídete a invertir una buena suma en poesía. Golder lo hubiera hecho si no lo hubiese atropellado un camión de basura. Ahora, claro, es distinto. Al otro lado del cementerio las posibilidades se reducen bastante, en general. La escena en que dos copas de cristal se cruzan después del brindis se repite con frecuencia los domingos cuando hay invitados y todos se sientan delante de la pantalla para ver una vez más el video de la boda que ha costado un ojo de la cara. Existen negocios mejores, desde luego. Pero no es fácil señalarlos cuando las cosas van sobre ruedas. A los aventureros se les recuerda siempre envueltos en la gloria de la partida, cuando todo es genio y desafío, y el barco se dispone a partir en medio de una nube de confeti. Mira, sino, estas fotos. El equipaje está en la bodega, junto a los camellos. Por entonces, los safaris estaban de moda, al menos como proyecto o como embuste. Pero en Africa no querían saber nada del asunto. Allí, la diversión estaba planteada en otros términos, y era mejor andar con cuidado porque nunca se llegaba a saber del todo quiénes eran ellos exactamente. A pesar de todo, seguían llegando barcos ingleses llenos de fantasías desarrolladas sobre lecturas de Julio Verne. En Europa, el relato de estos viajes ocupaba cada domingo una sección literaria muy valorada por los lectores.
Golder recortaba cada una de las entregas del periódico y las guardaba en una carpeta de cartón azul. Pobre Golder. Jamás se hubiera creído su propio final.

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