Treinta años después, recordaría aquella mañana como si la acabara de ver en un espejo. Jirones de niebla, los últimos soldados alejándose, cenizas y humo a sus espaldas. Habría podido entonces tomar su arma y dispararles. Ese habría sido su deber como militar y como vecino de las víctimas que poblaban por todas partes el escenario de la villa. La pregunta de por qué no lo hizo lo acompañó durante el resto de su vida, causando numerosos destrozos en la arquitectura de sus principios.
La serenidad del lago apaciguaba a media tarde su ánimo atormentado. El planeta había dado ya la mayor parte de su giro. Había, por tanto, algo menos de lo que preocuparse. Cuando terminó la guerra, Hechings encontró un puesto de cartero en la administración local. Era un hombre abstruso y desgarbado, pero sus piernas eran resistentes y le gustaba el orden. Nadie se quejó nunca de sus servicios. No bebía, ni escupía en el suelo. Algunos vecinos le propusieron como candidato a la alcaldía, pero él declinó la oferta y siguió caminando con la cartera colgada al hombro. Una vez afirmó que había perdido la clave.
“El 13 de abril de 1962, a las cuatro y media de la tarde.”
Desde entonces se mueve extrañamente llevado por una inercia invisible que lo mantiene ocupado durante el día. Por la noche se enfrenta a sus pesadillas entre nubes de pájaros negros y luces crepusculares. No siempre gana. No siempre pierde. Con frecuencia se despierta en un campo vagamente familiar. De entre la niebla rescata a veces unas figuras que resultan ser soldados enemigos. El los ve pasar desde el otro lado. Sabe de dónde vienen. Por eso grita y se despierta de un sobresalto, abrumado y sin aliento.
Yo he encontrado tus mundos fantásticos. No ha sido dificil, has dejado muchas huellas. Espero que tu encuentres también lo que buscas. Y me pregunto que será.
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